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Title: El carácter nervioso
Description: Conferencia pronunciada en 1913 en la Asociación Educativa de Ciencias Sociales de Praga y publicada en la revista socialista Sozialistische Monatshefte: Adler expone la psicología individual comparada como un arte de comprender la unidad de la personalidad, describe el carácter nervioso como un conjunto de medios al servicio de una meta de superioridad nacida del sentimiento de inferioridad infantil, y extrae consecuencias sociales: medicina social, educación y la «protesta masculina» que envenena la relación entre los sexos.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1913%20Der%20nerv%C3%B6se%20Charakter
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# El carácter nervioso

La exposición de los fenómenos anímicos en la ciencia siempre tendrá que contar con dos deficiencias. El tejer continuo y omnímodo de la psique solo puede captarse en la ciencia objetiva a trechos y como material en reposo. Y la imagen que esta ofrece tiene que poseer tanto contenido que pueda, con sus meras alusiones, poner en vibración la receptividad ya presente en el lector y en el oyente. No de otro modo que el arte, también la ciencia del alma exige aquella fuerte captación intuitiva de su materia, un aprehender y un quedar sobrecogido que van más allá de los límites de la inducción y la deducción. Si nombro a Nietzsche, queda al descubierto una de las columnas eminentes de nuestro arte. Todo artista que nos regala su alma, todo filósofo que nos hace comprender cómo se adueña espiritualmente de la vida, todo maestro y educador que nos hace sentir cómo se refleja en él el mundo, dan dirección a nuestra mirada, una meta a nuestro querer, son nuestros guías en el vasto país del alma. En los hábitos de pensamiento y en la orientación anímica de la mirada del investigador científico hay mucha tradición santificada, que no se delata en la palabra ni en la construcción de la frase. Y sin embargo es instinto artístico primigenio domado, el espíritu que sostiene su trabajo. Hasta que la necesidad más sagrada le obliga, como a un niño que busca, a romper el viejo engranaje. Idear caminos nuevos, encadenar artificios y fintas, eludir las dificultades de la vida, acercarse con sigilo a las resistencias reales dadas: eso le enseña su espíritu creador. En los enigmas de la vida, en la necesidad anímica, todo el mundo es investigador y poeta. Para hacer frente a los males y a las contrariedades, cada cual encuentra un camino, todos configuran su línea de vida, de la que esperan que desemboque por fin allí donde reinen por encima de todo sufrimiento, de toda privación, de toda fatiga. En todas sus acciones, en el modo en que captan la vida, el presente, el futuro, en cómo se apropian de las enseñanzas del pasado, resuena una y otra vez la idea directriz del hombre, la meta que se ha puesto creadoramente, y <!-- S. 798 --> el camino que ha buscado para llegar a ella. Si analizamos, si descomponemos las acciones y los movimientos expresivos fugaces de una persona, su actitud, su lenguaje, su mímica y sus gestos, sin dejarlos actuar sobre nosotros y sobre nuestra fuerza creadora de configuración, ¿no damos entonces demasiado poco en nuestro juicio? Mediante el análisis meramente objetivo nunca llegamos a comprender una impresión, una vivencia; pero sin que lo notemos, a menudo sin que queramos admitirlo, las instancias que reciben y juzgan están en una forma preparada por nuestra personalidad. La elaboración, el realce y la atenuación de todas las impresiones que actúan sobre nosotros están determinados de antemano por nuestra experiencia inconsciente y no admiten fácilmente cambios. Tenemos que percibir también en los demás estas actitudes y disposiciones preparatorias, reconocer sus tendencias, si queremos comprender la expresión dada. Las mismas cualidades de varias personas pueden compararse, sin duda, pero nunca equipararse. La ira del uno es, como vivencia, radicalmente distinta de la del otro; en la ambición de un alma humana no hay solo un presente, sino toda la prehistoria, el futuro y un final inventado.

La dificultad de una exposición de los fenómenos anímicos reside, pues, en que uno se ve obligado a captar un devenir planificado en un movimiento expresivo como material en reposo, pero a reproducirlo de tal modo que la impresión de un acontecer se haga viva. A esta tarea solo está realmente a la altura el artista, sobre todo el poeta y quizá el músico. En cambio, otra dificultad aparente se resuelve por la propia consideración presente. Me refiero a la *fugacidad* de la mayoría de los movimientos expresivos. Los fenómenos permanentes, como la actitud corporal y anímica, también la escritura, ofrecen un material valioso que favorece una impresión provisionalmente orientadora. Inestimables para la comprensión de una persona son sus tomas de posición y actitudes habituales, que se repiten una y otra vez, tanto corporales como sobre todo anímicas. A estas pertenecen en primer lugar todas las cualidades por las que inferimos el carácter, y los *síntomas de la nerviosidad*, de apariencia más extravagante, que sentimos como enfermedad por una analogía difícilmente sostenible, porque *también* ellos, como la enfermedad, menoscaban la capacidad de vivir y de trabajar. Pero tampoco ante los movimientos expresivos fugaces, que apenas se repiten, falla nuestro método de trabajo. Pues en cada movimiento vuelve el viejo sistema, el plan de vida unitario, construido sobre las experiencias individuales del pasado y apuntando al quinto acto inventado. Solo tenemos que comparar, dejar que la impresión actúe sobre nosotros sintiéndola, para sentir y comprender la unidad de aquellos movimientos. No de otro modo que procedemos ante una obra de arte, cuando revivimos la síntesis de un drama o cuando, junto a los sonidos sueltos de una melodía, sentimos su *sentido*, su línea sin lagunas.

Este método de investigación de la psicología individual comparada da como resultado significativo, en cada caso que se examina, la unidad de la personalidad. Y esta unidad es tan cerrada que se refleja en cada fenómeno particular. La impresión irrefutable de que tal investigación es correcta surge solo de que <!-- S. 799 --> se reencuentra la misma línea de vida en todos los estratos de la vida anímica. Como confirmación importante y como prueba de fuego puede valer que esa línea, a veces con los más extraños recodos y desvíos, conduzca de *abajo* hacia *arriba*. En los caracteres *rectilíneos* y en las naturalezas combativas, esta línea se dibujará, por ejemplo, en la postura de la cabeza, en el ascenso de su voz, de su escritura, en los movimientos de sus brazos, y no menos claramente en todas sus empresas e igualmente en sus sueños y fantasías, cuando se elevan en vuelo por encima de los demás. Solo de mala gana estarán solos, porque el viaje que tienen prescrito los lleva hacia los hombres, a medirse con ellos, a superarlos a todos, a ser en todas partes los primeros. Ya supone una pequeña desviación que, al elegir pareja, quieran por ejemplo dominar solo a hombres y mujeres a los que han estimado más débiles. O que al reconocido como más débil primero lo eleven, para someterlo luego a su dominio. En los nerviosos siempre se logra reducir su línea de vida a una fórmula breve, porque en ellos, como veremos, todo carácter se manifiesta de modo más tajante y más marcado. Como contrapartida puede considerarse esquemáticamente el carácter *serpentino*, cauteloso. Su meta no está puesta menos alto, pero su camino lleva a la altura por increíbles vueltas y rodeos. Incluso en la altura que anhela no se siente seguro. Equiparable a su vértigo de las alturas es su miedo a caer, y sus sueños de caída hablan un lenguaje elocuente. En todas partes añade un coeficiente de seguridad y renuncia sin probar el futuro incierto. Es el tipo estándar del nervioso, que se ve amenazado de desgracia por doquier. Su camino está provisto en todas partes de salvaguardias, de cada vivencia extrae una moraleja de advertencia, principios y pequeñas máximas le acompañan en todo momento, y ha restringido al máximo su radio de acción mediante toda clase de susceptibilidades, mediante una intolerancia corporal y anímica, para así conmocionarlo mejor. Astuto a veces y taimado, o miedoso, asustado de su propio valor, siempre en actitud vacilante, está siempre en retirada o la encubre con un dudoso ir y venir. Ha abandonado toda actitud masculina para conservar con tanta mayor seguridad la apariencia de su invencible masculinidad.

Es el momento de iluminar más de cerca la meta secreta y el plan de vida inconsciente del nervioso, que solo se distinguen de los del normal por su grado de nitidez. Este propósito nos lleva a considerar el alma infantil. La educación dirige la mirada del niño desde el primer día hacia el futuro y sus peligros. Y también, sin duda, hacia sus bienes y dichas. En el marco de la propia familia hay siempre modelos de fuerza y vigor que con bastante frecuencia se arrogan la apariencia de lo inalcanzable. La libertad y la igualdad de derechos del niño podrían valer como pagos a cuenta tranquilizadores. ¡Pero qué rara vez goza un niño de su posesión! No es de extrañar que de la mayoría de los niños se apodere un sentimiento de inseguridad que mueve su alma en dos direcciones distintas. Una de las excitaciones se hace valer como un sentimiento de inferioridad, de desamparo y de debilidad, y produce una necesidad de apoyo, de ternura y de ayuda. Con mucha frecuencia el niño encuentra entonces el camino para sacar provecho de su debilidad: empieza a fomentar su miedo y a esta<!-- S. 800 -->bilizarlo como rasgo de carácter valioso, porque bajo ese signo se vuelve superior a los suyos. Las mismas ventajas pueden resultarle de subrayar los fenómenos de enfermedad y de aferrarse a los defectos infantiles.

La segunda excitación, que ya hemos visto en formación, se muestra como un impulso reforzado hacia la superioridad, como un anhelo permanente de pasar de la inseguridad a la superioridad, del sentimiento de debilidad a la seguridad. Cuanto más inferior se siente el niño, tanto más fuerte se vuelve este impulso. Y así encontramos, junto a los rasgos de carácter que ascienden en línea recta —la ambición, la valentía, el medirse con el entorno—, en mayor o menor medida *debilidades de carácter* que, sin embargo, se conservan si de algún modo conducen a la meta de la superioridad: envidia, avaricia, mendacidad, cobardía y otras.

Una niña de 7 años que se criaba entre un padre condescendiente, una madre severa y una hermana menor mimada por esta enfermó de ataques nocturnos de angustia, que pronto se extendieron también al día. Como pudo demostrarse fácilmente, la niña estaba animada por una ambición inquietante, no soportaba a la hermana preferida y mostraba feos rasgos de celos y de envidia, no solo frente a la hermana, sino también en la escuela. Podemos comprender el tormento continuo de esta niña, que rivalizaba así en vano con la hermana por la preferencia y en vano sacudía también los firmes caracteres nerviosos de la madre. Lentamente se fue insinuando una inclinación a prolongar las enfermedades, a sentir como insoportable una indisposición, pues durante la enfermedad la niña no tenía que sufrir ninguna postergación. El padre se había dado cuenta y se propuso compensar la preferencia de la madre por la hija menor mimando ahora a la mayor. Con mal resultado. La meta secreta de superioridad estaba ya tan afianzada, el carácter de la ambición, de la envidia, del afán de dominio tan avanzado, que había que esperar una dictadura de la niña. Un día la madre reprochó al padre que gastara tanto dinero en la niña, que fuera con ella al Semmering[^t1], que la paseara en coche, mientras ella y la hermana menor tenían que quedarse en casa. La noche siguiente estalló en la niña el primer ataque de angustia, que en nuestro sentido debe considerarse una revuelta sumamente enérgica. Pues ahora el padre se veía obligado más que nunca a dedicar su amor a la niña, ahora enferma, y la resistencia de la madre quedaba paralizada. La desventaja original de la niña resultaba ahora compensada; su postergación y la preferencia por la hermana menor habían llegado a su fin.

Pero si se compara la línea secreta de estos ataques de angustia, su sentido y su *melodía*, con el estado anímico anterior de la niña, con su ambición exacerbada, su susceptibilidad y su envidia, si se siguen estos rasgos de carácter hasta el punto en que se cortan, se llega a la misma línea directriz, que conduce a la superioridad sobre la madre y la hermana y apunta igualmente a poner al padre a su servicio. Pero la angustia, que la niña había conocido en ocasiones banales, se le había convertido en aseguramiento y en arma con la que se defendía de un rebajamiento de su sentimiento de la personalidad. Me vería en un aprieto si tuviera que nombrar un medio mejor que el que <!-- S. 801 --> había encontrado esta niña, o mejor dicho: el medio en el que había ido creciendo tras múltiples preparativos y ensayos previos. En la concepción consecuente y artística del sistema nervioso no hay falla; toda crítica que se aplique en este punto está fuera de lugar. El error solo puede estar en otro sitio: en la fijación de la meta que la niña llevó a cabo instintivamente.

Si repasamos los resultados obtenidos hasta ahora, se nos da una concepción fundamental sobre la conexión entre el sentimiento de inferioridad infantil, la fijación de una meta tranquilizadora y orientadora, y los esfuerzos y salvaguardias del camino que han de hacer posible acercarse a la meta. Puede demostrarse ahora fácilmente que un sentimiento de inseguridad agudizado en la infancia produce una fijación de meta más alta e inmutable, un afán por encima de la medida humana y, al mismo tiempo, los esfuerzos y aseguramientos apropiados: un conjunto que nos da la imagen de aquellos fenómenos que llamamos *nerviosidad*, de los que se destaca, llamativo y más marcado, con una actividad exacerbada o con la apariencia de una pasividad irreparable, a veces con la máscara de la duda y la vacilación, el *carácter nervioso*.

En este esquema psicológico hay dos puntos aproximadamente fijos: la baja autoestimación del niño que se siente inferior y la meta más grande que la vida, que puede llegar hasta la semejanza con Dios. Entre estos dos puntos se sitúan los intentos preparatorios, los artificios y fintas que tantean; se forman también disposiciones ya hechas y actitudes habituales de las que puede inferirse la meta oculta. Una de las formas de estas actitudes preparatorias —comparables a vasos absorbentes, cuando muestran en huellas las experiencias, los estímulos y las advertencias del pasado; semejantes a antenas que tantean, cuando tratan de acercarse a la meta ficticia en la apretura de la realidad— son los rasgos de carácter. Ellos, que dan a la personalidad actitud y forma, son los auténticos mediadores entre pasado y futuro y sirven, como disposiciones espirituales, al ideal directriz del hombre: según su índole, unas veces toman contacto, otras inician la lucha con el entorno o imponen, ante una decisión, una actitud vacilante o evasiva. El sentimiento infantil de inseguridad necesita tales líneas de dirección y habilidades preparadas. Las hace resaltar con más fuerza y las convierte en imperativos categóricos en cuanto se añade el sentimiento de inferioridad acrecentado. Lo que alguna vez fue útil a tales niños se trata de eternizar, de divinizar, por su efecto tranquilizador. Y solo derrotas claras son capaces de forzar un cambio de frente y, con ello, una modificación de los caracteres. Entonces se hace necesario recurrir a líneas directrices más fuertes; pero el individuo está clavado en la cruz de su idea, y ahora aparece como nerviosidad acabada lo que antes era disposición nerviosa. El ulterior desenlace de estos hechos lleva al terreno médico. Por eso tengo que interrumpir aquí.

Si hasta ahora no hubiera logrado aportar, a partir de la unidad de su orientación hacia la meta, la prueba de la posición dominante del ideal directriz ficticio para todos los fenómenos anímicos, en especial también para el carácter, quisiera añadir todavía las siguientes consideraciones. No <!-- S. 802 --> somos capaces de realizar ni el más insignificante movimiento corporal o espiritual sin que se nos represente en la idea una imagen de la meta. Esto vale tanto para la locomoción como para el hablar, el pensar y el querer. Solo mediante esta ficción de una meta entra orden y dirección en nuestro hacer; el caos del mundo parece superado y dado el camino por el que parece posible dominar la vida y sus fatigas. En la vida del niño se observa fácilmente cómo, al aprender a andar, a mirar, a oír, a hablar, está preparada orgánicamente una meta provisional de éxito. En las actitudes más complicadas y en la actividad anímica hay siempre ante el alma del niño un modelo como ideal directriz, al que trata de igualarse o al que quiere superar. Si este modelo pesa sobre la sensibilidad del niño, este se coloca en una posición de combate y a menudo tratará de alcanzar su meta de superioridad mediante la obstinación, a veces también mediante una sumisión y una obediencia exageradas. Pero la instancia decisiva para los rendimientos anímicos del niño, y más tarde del adulto, es aquella cima suprema de su sentimiento de poder hasta la que anhela abrirse paso en el futuro.

Ya se ha subrayado que esta cima, en la lucha por la autoafirmación, se coloca tanto más alta cuanto más baja resulta la autoestimación a la que el niño se ve obligado. Era natural, pues, fijarse en aquellos niños que, por un desarrollo corporal dificultado, por deformidades, defectos orgánicos y defectos infantiles nacidos de una inferioridad orgánica congénita, conquistan su valía más difícilmente y más tarde. Son también estos niños los que en su vida posterior, hasta la ancianidad, es decir, en general en una época en que sus defectos hace tiempo que ya no se notan, persiguen con esfuerzos redoblados y con una sensibilidad exacerbada su ideal directriz infantil, en el que encontrarían satisfacción su anhelo de vencer a la muerte, de fuerza masculina, de prestigio, belleza y riqueza, en suma, de triunfos de toda clase. Se medirán siempre con todos, querrán poner a todos a su servicio, manifestarán sus exigencias con desasosiego y llenos de susceptibilidad, pero también, si han escarmentado, buscarán con inseguridad nerviosa artificios para eludir una decisión fatal para ellos, casi siempre cualquier decisión. Sus rasgos de carácter apuntan mucho más allá de la medida humana, pero se mezclan con otros de líneas tan evasivas que se ve fácilmente: aquí falta la fe en sí mismo. En última instancia ya no se elevan a la voluntad de poder, sino que solo quieren ganar para sí la *apariencia*. Cuanto más emparentados se han sentido en su infancia con la nada, con el polvo, tanto más luchan por la semejanza con Dios. Se sienten emparentados con el dios, con el artista, cuando pueden hacer de la nada algo que su fantasía exagera enormemente con una valoración arbitraria.

Estos hechos plantean a las ciencias problemas nuevos o refuerzan el peso de viejas cuestiones candentes. El tratamiento rápido y, en lo posible, la curación de los niños con inferioridades orgánicas es una exigencia urgente de las concepciones expuestas. Del mismo modo, ellas ponen de relieve el valor y la importancia de la medicina social. A la lucha contra las grandes enfermedades sociales, la sífilis, la tuberculosis y el alcoho<!-- S. 803 -->lismo, hay que prestar especial atención también por esta razón, pues favorecen extraordinariamente el deterioro del germen. De manera igualmente dañina actúan el pauperismo y el exceso de trabajo; la mala coyuntura domina y empeora el plasma germinal y aumenta la frecuencia de órganos inferiores.

El terreno fronterizo de la ciencia social encierra todavía, según las concepciones expuestas, más de una cuestión importante. La educación social, lo mismo que la familiar, tienen que crear condiciones que alivien al niño de la presión de un sentimiento de inferioridad más fuerte. El conocimiento de las concepciones de la psicología individual comparada y la profundización en ellas dan al educador la posibilidad de intervenir a tiempo, le ponen en condiciones de limitar las exageraciones y de mitigar el miedo a la inseguridad del futuro.

Los problemas especiales de nuestra ciencia, que caen sobre todo en el terreno de la neurología y la psicoterapia, son innumerables. Uno de los más importantes, que hay que tratar por su relación con la pedagogía, se refiere a la relación entre los sexos. Está relacionado con la fuerza operante de la meta directriz ficticia en el nervioso el hecho de que, en su perspectiva neurótica y al construir sus rasgos de carácter, disuelva también todas las relaciones del amor y la conexión social de los sexos y las convierta en una posición de lucha. ¿De qué modo se hace valer en ello la meta directriz? Al considerarlo más de cerca resulta de manera irrefutable que la idea de semejanza con Dios del nervioso, su ideal de perfección, que se esfuerza por alcanzar, presenta un componente *masculino* sumamente fuerte. De modo que todo niño de disposición nerviosa, chico o chica, es capaz de encerrar todo su afán y toda su orientación hacia la meta en el esquema: quiero llegar a ser un hombre cabal. Pues en esta idea culmina todo deseo de dominio, poder, riqueza y victoria. No es de extrañar. De las impresiones del mundo exterior extrae el niño inclinado a la nerviosidad, ya en una época en que por lo general ignora todavía la inmutabilidad del carácter sexual, la sensación de que solo el hombre ha nacido para mandar.

Ciertamente, al principio hace falta valor para interpretar de este modo escasos movimientos expresivos, sobre todo en las niñas. Solo cuando se logra de nuevo descubrir por este camino la línea directriz unitaria, va surgiendo la convicción. Lo difuso de una impresión estorba a menudo nuestra comprensión. Pero si, por ejemplo, una niña de 4 años declara que cuando sea mayor se casará con su madre, si esa niña además ordena que la llamen Hans, si más tarde muestra inclinación a ponerse ropa de chico, a evitar los juegos de niñas, a retozar con los chicos y dice ella misma que quisiera ser un chico, entonces apenas queda un resto de duda. Tuve ocasión de conocer a una niña de 8 años que mostraba algunos de estos rasgos, porque, además de una obstinación indomable, sufría un defecto infantil y desmayos que la ponían en condiciones de rechazar toda obediencia y toda influencia educativa. En la conversación conmigo mostró una actitud llamativamente obstinada y de pronto se cruzó de brazos. A la pregunta dirigida a la tía que la acompañaba sobre quién, en el entorno de la niña, se cruzaba así de brazos, recibí la respuesta: el padre. Cuando una niña así crece, <!-- S. 804 --> se llega siempre también a una transformación de la forma de la ficción masculina, pero la meta directriz no se vuelve en nada más alcanzable. El ideal de princesa, una transformación frecuente, aparece muchísimas veces y crea, como otros ideales, una enorme hipersensibilidad. La inserción en la realidad se ve dificultada de modo permanente y, a pesar de todos los compromisos en la vida, el descontento con el papel femenino reaparece una y otra vez. Una de estas muchachas, según me contaron, había hecho un intento de suicidio a los 20 años, es decir, en la época de las posibilidades de casarse, cuando creyó ver en *Geschlecht und Charakter* [Sexo y carácter] de Weininger una confirmación de su opinión sobre la inferioridad de la mujer. Vemos aquí cómo el rebajamiento de la mujer en nuestra sociedad conduce necesariamente a su *masculinización* psíquica, a la *protesta masculina*, igual que la presión educativa en la vida del niño o la privación de derechos en el Estado conducen a revueltas. En verdad, no hay bendición en ello, y el condenado a la inferioridad se convierte, mediante artificios y fintas, en el azote de su amo.

Una mujer de 40 años, que había enfermado ya a los 20 de miedo al contacto y de un acto compulsivo, permite seguir con bastante detalle esta línea de vida masculina. Uno de sus ideales directrices infantiles era soportarlo todo como un indio (*masculino*) y reprimir sus deseos. Más tarde este ideal fue sustituido por otro aparentemente femenino: ser como la Doncella de Orleans. El sentido del miedo al contacto se aclara ya aquí. A los 20 años entabló relación con un hombre tuberculoso, condenado a muerte, y pensó en un matrimonio que sus parientes nunca habrían consentido. En el verano de ese mismo año llegaron varios pretendientes. Entonces apareció el acto compulsivo. No podía terminar ninguna de sus ocupaciones. Era sobre todo una labor de aguja que tenía que deshacer una y otra vez. Aquí todo el mundo tendrá que pensar involuntariamente en Penélope. Es decir, quería esperar al esposo reconocido como imposible. A mi pregunta de si no le resultaba conocida esta historia, de si no conocía a alguien que tampoco hubiera terminado nada, respondió: «Claro, Sísifo y Tántalo y los Dardanelos». Rápidamente se corrigió: «Las Danaides». Cuando le insistí en que nombrara a otra persona, ya que con su excursión a la Antigüedad griega estaba evidentemente en el buen camino, ya no se le ocurre nadie. Y sin embargo habrá tenido en la punta de la lengua la idea directriz correcta, *Penélope*, puesto que el camino de las Danaides a los Dardanelos está señalado por el *nel* de Penelope[^t2]. Pero su incapacidad para acordarse de Penélope indica el fuerte velo que cubre la idea directriz; del mismo modo que en otros casos tenemos que captar el sentido de un movimiento expresivo sin que la examinada nos lo revele, así también en este caso, en el que la paciente lo saca a la luz mediante una unión armónica de dos líneas. Pero Penélope es para esta mujer un símbolo: la mujer que no admite a ningún pretendiente, la mujer que no quiere ser mujer.[^1]

En el desarrollo anímico de los chicos encontramos la misma *protesta masculina*. Actúan como si la mujer fuera la medida de sus fuerzas. A menudo se oye a niños pequeños decir, como señalando la diferencia, <!-- S. 805 --> que ellos no se dejan mandar nada por una mujer. Cuando llega luego la edad en que el amor manda, sin embargo, surgen enormes dificultades, lo mismo que en el matrimonio. Pues ambos se conciben como posiciones de lucha en las que cada parte tiene que intentar una y otra vez la prueba o la apariencia de prueba de su superioridad. Así, la perspectiva nerviosa y el ideal directriz de la *protesta masculina* destruyen una y otra vez la naturalidad y la camaradería de ambas partes e imponen un descontento permanente de los sexos entre sí.

Con ello creo haber tocado una de las heridas más profundas de nuestra vida social. El peligro es mayor de lo que se sospecha. También en este aspecto hay que esperar la curación anímica de una pedagogía que no solo hable con el niño, sino que sepa despertar en los niños el sentimiento de la igualdad de derechos de los sexos, a pesar del presente, que muestra lo contrario.

[^1]: Más importante que la concepción de Freud sobre el lapsus, que también se cumple en este caso, es la circunstancia de que solo le vienen a la lengua tipos masculinos; el doctor Martin (Friburgo) me ha llamado la atención sobre esta circunstancia, que está del todo en el sentido de mi concepción.

[^t1]: Puerto de montaña y lugar de veraneo y excursión de los vieneses, a unos 90 km al suroeste de Viena. (N. del T.)

[^t2]: En alemán *Danaiden* y *Dardanellen*: la segunda palabra se forma con la primera más el *nel* de *Penelope*. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las *Sozialistische Monatshefte* 19 (1913), cuad. 13, págs. 797-805 (digitalización de la Biblioteca de la Fundación Friedrich Ebert), cotejada con la reimpresión en *Heilen und Bilden*, ed. por A. Adler y C. Furtmüller, Múnich, Reinhardt, 1914, págs. 140-150, donde consta el subtítulo «Conferencia en la "Sozialwissenschaftlicher Bildungsverein" de Praga, 1913». Las variantes de 1914 son mínimas y se indican en la versión original. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las cursivas del original y su paginación. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (*Lebensplan*, plan de vida; *Leitlinie*, línea directriz; *Leitideal*, ideal directriz; *Sicherung*, aseguramiento o salvaguardia; *zögernde Haltung*, actitud vacilante; *männlicher Protest*, protesta masculina; *Persönlichkeitsgefühl*, sentimiento de la personalidad; *Organminderwertigkeit*, inferioridad orgánica). Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
