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Title: Sobre la educación de los padres
Description: Ensayo pedagógico de Adler (1912, recogido en Heilen und Bilden en 1914): el niño vive en oposición natural a su entorno, que solo el amor y un cauce cultural para su afán de notoriedad pueden suavizar; los padres inseguros, que buscan en la familia el valer que el mundo les niega, dañan a sus hijos por exceso de autoridad, por miedo a tener más hijos, por la preferencia de un hijo o de un sexo, y siembran así la protesta masculina y la nerviosidad.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1912%20Zur%20Erziehung%20der%20Eltern
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# Sobre la educación de los padres.

Por el Dr. Alfred *Adler* (1912).

¿Habrá todavía educadores que atribuyan solo a la *palabra* aleccionadora una fuerza correctora? Uno se siente tentado a responder que no, a la vista de todas las experiencias y enseñanzas pedagógicas; pero hará bien en atribuir a la psique humana bastantes fuentes de error como para que alguien que con plena conciencia ha renunciado por completo a educar mediante palabras pueda, por una especie de arrogancia, volver a dar tanto peso a su palabra que caiga en hablar en lugar de educar.

Pero el niño muestra desde sus primeros días una inclinación a rebelarse tanto contra la palabra como contra la orden imperiosa de sus educadores. Varios de estos impulsos agresivos, nacidos de una posición hostil frente al entorno, nos son demasiado familiares para que no los sintamos como rebeldía. Quien dirija su atención a la agresión del niño adquirirá pronto el olfato más fino que hace falta para comprender *que el niño se siente en oposición a su entorno* y procura desarrollarse en oposición a él. Y no resulta difícil, además, reducir todos los llamados defectos infantiles e inhibiciones del desarrollo psíquico, con tal de que pueda excluirse un defecto orgánico, a esta agresión malograda contra el entorno. La obstinación y la ira, la envidia hacia los hermanos y los adultos, los rasgos crueles y los fenómenos de precocidad, pero también la timidez medrosa, la vergüenza, la cobardía y la propensión a la mentira, en suma, todos los impulsos que perturban, a menudo de forma duradera, la armonía del niño con la escuela y la casa, han de entenderse como manifestaciones más agudas de esta posición hostil del niño frente al entorno, e igualmente sus degeneraciones patológicas, como los defectos del habla, los trastornos de la alimentación y del sueño, la enuresis, la nerviosidad, como la histeria, y los fenómenos obsesivos.

Quien quiera convencerse sin más de la exactitud de estas afirmaciones, que observe solo qué rara vez es capaz el niño de obedecer «a la primera palabra» o de atender en seguida a una amonestación. Más instructivo aún es quizá el fenómeno del «*resultado contrario*».

A menudo no sería difícil llevar por el buen camino a niños y también a adultos <!-- S. 116 -->ordenándoles lo contrario. Solo que con ello se correría el peligro de socavar todos los sentimientos de comunidad sin fomentar la independencia del juicio; y la «dependencia negativa» es un mal mayor que la obediencia.

En estas investigaciones y en el empeño por curar la agresión malograda se aprende pronto que son sobre todo dos los puntos que entran en juego. *La oposición —natural, según creo— entre el niño y su entorno solo puede suavizarse por medio del amor. Y el afán de notoriedad (Geltungsdrang) del niño, que tanto agudiza la oposición, ha de tener vía libre por cauces culturales, ha de poder desplegarse mediante la alegría ante el porvenir, el respeto y una dirección afectuosa.*

Esto debe tenerlo presente todo el que moje su pluma para escribir sobre cuestiones de educación. Y también que todos los impulsos de los niños se reencuentran sin esfuerzo en la vida de los adultos, exactamente como si la vida fuera una continuación del cuarto de los niños, solo que con consecuencias más graves y un peligro más personal. Y el predicador ha de estar preparado para que lo abucheen ya al principio, o para que lo escuchen primero y lo olviden pronto. ¡Cuánta razón tiene aquella anécdota que cuenta de dos amigos que un día discutieron por una mujer, y uno la presentaba como gorda y el otro como flaca! Nuestra vida espiritual se ha vuelto sumamente nerviosa, *excitable* (*reizsam*), diría el historiador *Lamprecht*,[^t1] hasta tal punto que toda opinión o manifestación aleccionadora suscita por regla general la contradicción del otro. Y este es todavía el caso más favorable. Pues si así se restablece en cierta medida el equilibrio entre el escritor y el lector, entonces se atreve tímidamente a asomar también el reconocimiento, o uno se lleva solícito a casa una idea adquirida. Así les sucede sobre todo al educador, pero también al médico. Los frutos de sus aportaciones sociales maduran tarde. Pues ¿dónde hay una persona que no se crea hecha para educador o médico y que por eso no se ponga alegremente a hacer de curandero con niños y enfermos?

Lo mejor es aprender en los niños cómo abordar a los padres con consejos. Ante todo hay que reconocer lo que parezca bueno y sensato. Y hacerlo sin reservas, y a ser posible sin exageración. Esta concesión sí podemos hacérsela los pedagogos a los padres: que han abandonado muchos prejuicios, que se han vuelto <!-- S. 117 -->mejores observadores y que ya rara vez tienen la instrucción a base de disciplina por un medio educativo. También la atención y el interés por el bienestar del niño han crecido incomparablemente, allí donde la miseria de las masas no ahoga todo celo y toda comprensión o no rompe el vínculo entre padres e hijos. Se procura más que antes la formación física, se sabe distinguir mejor la obstinación de la enfermedad, se trata de adaptar los principios de higiene infantil a las concepciones modernas y se empieza a abandonar la fe milagrera en la vara, la fábula de que el castigo fortalece la moralidad en la vida infantil.

Y los pedagogos no queremos subirnos a la parra. Admitimos de buen grado que nuestra ciencia no proporciona reglas de validez universal. También que no está acabada, sino en desarrollo. Que lo mejor que tenemos no podemos idearlo ni inventarlo, sino aprenderlo en la observación sin prejuicios. Además, la pedagogía no se aprende como una ciencia, sino solo como un arte, y de ahí se sigue que alguno puede ser un artista antes de haber sido aprendiz.

La «obra del buen cuarto de los niños» —esta expresión se la debo a una madre inteligente— es imperecedera y un baluarte seguro para la vida. ¿Quién no querría crearla para sus hijos? La voluntad no falta nunca. Lo que más perturba el desarrollo tranquilo del niño es la desunión de los padres y los fines e intenciones unilaterales, a menudo inconscientes, del padre o de la madre. De ellos se tratará ahora.

¡Cuántas veces uno de los progenitores, o ambos, se ha quedado prematuramente estancado en su maduración espiritual! No se trata de la madurez científica, sino de la social: la agudeza de la mirada para el desarrollo, para las formas nuevas de la vida. Ya la vida en la escuela y el trato con los compañeros de edad sacan a la luz a menudo contradicciones interiores en las que se esfuma el respeto por la casa paterna. Y si se intenta retenerlo por la fuerza, el niño llega fácilmente a la rebeldía abierta o secreta. Ve tan a menudo a los padres en el error que su afán de notoriedad desemboca en un único anhelo obstinado: ¡hacerlo todo en oposición a los padres! En los casos extremos se nota fácilmente en el comportamiento del niño: *¡los padres no han de tener razón!* La mirada vuelta hacia atrás de los padres les impide a menudo avanzar; se aferran con frecuencia a dogmas y a métodos educativos anticuados porque en la lucha por <!-- S. 118 -->la vida se han aislado a sí mismos y a su familia. Ahora el progreso de la vida social ha pasado de largo junto a ellos; están presos de la tradición de los viejos métodos educativos, hasta que el niño trae a casa desde la escuela los gérmenes nuevos y siente y vive cada día con más fuerza la conciencia de su oposición a sus padres. También pesa la diversidad de las valoraciones. En el estrecho cuarto de los niños el muchacho pasa por un genio; en la escuela chocan sus salidas insolentes y tontas. Postergado en casa, el niño se hace valer en la escuela. O cambia un hogar tradicionalmente poco tierno por la acogida comprensiva de compañeros y maestros. Este vuelco en las relaciones se produce con frecuencia y vuelve inseguro al niño por largo tiempo.

Tiene que haber concordancia entre las exigencias del cuarto de los niños y el desarrollo de nuestra vida pública. Pues precisamente los niños que solo en la escuela y en el mundo exterior tienen que cambiar de rumbo, que tropiezan con dificultades de otra índole, apenas sospechadas, son los que corren mayor peligro. Los padres podrían conseguir, en último extremo, que el niño se les subordine por completo y entierre su independencia. Pero la escuela y la compañía de los camaradas, por no hablar de la sociedad de los adultos, chocarán precisamente con esa desvalidez y esa falta de independencia más que con ninguna otra cosa; rechazarán al débil, lo harán enfermar o tendrán que empezar por sacudirlo, con lo cual muy a menudo la obstinación apenas domada crece sin medida y se desfoga en toda clase de extravíos.

Si el aislamiento de la familia produce a menudo tales errores, se diría que basta una simple advertencia. ¡Nada de eso! Un conocimiento preciso ha enseñado que los padres, o al menos uno de ellos, *no son capaces* de abandonar su posición, a menudo inconsciente, frente a la sociedad, y que intentan una y otra vez procurarse dentro de su familia *el* valer que el mundo exterior les ha negado. Cuántas veces este comportamiento degenera en tiranía abierta o encubierta lo enseñan los historiales clínicos de los niños que más tarde se volvieron nerviosos. Unas veces es el padre que teme sus propios malos instintos, los doma por la fuerza y procura ahora con celo excesivo impedir en los niños su estallido y sus huellas; otras, una madre que llora eternamente sus fantasías juveniles incumplidas y elige a sus hijos como víctimas de su ternura insatisfecha <!-- S. 119 -->o de sus caprichos. O bien: el padre se ve apartado de una meta vital ardientemente anhelada y azuza ahora al hijo con prisa angustiada para que le traiga el cumplimiento de su anhelo. Aquí, una madre que se erige en ángel de la guarda celosísimo de sus hijos, acecha cada paso de los que quizá son ya adultos, cultiva por doquier el miedo y la cobardía, se lamenta de cada impulso de la voluntad del niño como de un peligro, acaso solo para demostrarse que es imprescindible, acaso solo para aguantar «por los hijos» en un matrimonio sin amor.

En lo que sigue intentaré describir algunas de estas *situaciones típicas*. Siempre nos las veremos con padres *que tratan de escapar de un sentimiento de su propia inseguridad mediante artes educativas exageradas.* Toda su vida está impregnada de rebuscadas «*tendencias a la seguridad*» (*Sicherungstendenzen*).[^1] Con ellas intervienen en la educación, vuelven a sus hijos tan inseguros y, en el mal sentido, tan *afeminados* como ellos mismos, y ponen así el germen de las reacciones tempestuosas de la «protesta masculina», por las que la avaricia, la ambición, la envidia, el afán de notoriedad, la obstinación, el ansia de venganza, la crueldad, la precocidad sexual y los apetitos criminales pueden exacerbarse sin medida. Pese al hundimiento progresivo de su obra educativa, tales padres se tienen a menudo por pedagogos natos. Con frecuencia tienen la apariencia a su favor: han incluido en el ámbito de sus consideraciones todas las pequeñas posibilidades. Solo han olvidado una pequeñez: desarrollar el valor y la energía independiente de sus hijos, renunciar ante los hijos a su infalibilidad, dejarles el camino libre. Con un egoísmo perseverante, del que ellos mismos no son conscientes, se plantan delante del desarrollo de sus propios hijos, hasta que estos se ven obligados a pasar por encima de ellos.

A veces el naufragio se les hace patente. Entonces se inclinan a presentar este «golpe del destino» como incomprensible y a echar en seguida la toalla.[^t2] En tales casos hay que intervenir con cautela, pues se trata, al fin y al cabo, de enfermos nerviosos. Las enseñanzas se reciben regularmente como ofensas.

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Algunos saben provocar con gran habilidad el fiasco de los consejos pedagógicos para poner en evidencia al médico y al pedagogo. Un tacto fino, una calma inquebrantable y la predicción de las dificultades que cabe esperar en padres e hijos aseguran el éxito.

Y ahora, a nuestros tipos, a las cuestiones de la educación de los padres.

## I. *Daño causado a los hijos por la exageración de la autoridad.*

He sacado la impresión precisa de que la psique humana no soporta una sumisión duradera. Ni a las leyes de la naturaleza, que trata de vencer con astucia y fuerza, ni en el amor y la amistad, y menos que en ninguna parte en la educación. En esta lucha por llegar a ser libre, independiente, por *estar arriba*, sale a la luz evidentemente una parte de aquel impulso prepotente que conduce a toda la humanidad hacia arriba, hacia la luz. Hasta los piadosos y los santos tuvieron sus horas de rebelión interior, y la adoración postrada de las fuerzas de la naturaleza duró solo hasta que un hombre arrebató el rayo de las manos del dios, hasta que la inteligencia común levantó diques contra las fuerzas desatadas del mar y de los ríos y conquistó con astucia el dominio.

Sobre el origen de *este afán de ascender* se averigua lo siguiente mediante observaciones individuales precisas: cuanto más pequeño o más débil se *siente* un niño en su entorno, tanto más fuerte se vuelve su propensión, su prisa y su avidez de estar en primer lugar; cuanto más inseguro e inferior se halla frente a los educadores, tanto más impetuosamente anhela vencerlos para encontrar reconocimiento y seguridad. Todo niño lleva rasgos de esta inseguridad y muestra de modo duradero en su carácter, para toda la vida, las huellas del camino por el que trató de protegerse. Unas veces son rasgos de carácter que sentimos como activos; otras, rasgos que sentimos como pasivos. La obstinación, el valor, la ira, el afán de dominio y el ansia de saber han de valer para nosotros como *tendencias activas a la seguridad*, mediante las cuales el niño trata de protegerse de sucumbir, *del «estar abajo»*. Las tendencias a la seguridad más claras *de la serie pasiva* son el miedo, la vergüenza, la timidez y la sumisión. Ocurre como en el crecimiento de los organismos en general, por ejemplo de las plantas: unas rompen toda resistencia y se alzan con valor; las otras se agachan <!-- S. 121 -->y se arrastran medrosas por el suelo, hasta que se levantan vacilantes y agarrándose. Pues hacia arriba, hacia el sol, quieren ir todas. El crecimiento orgánico del niño tiene en su aspiración anímica a ascender, en su afán de notoriedad, un paralelo en absoluto casual.

Como decíamos, hay padres —y quizá todos nos parecemos a ellos— que no han acabado de crecer del todo. En algún punto quedaron detenidos en su crecimiento, quebrados, doblados hacia abajo, y ahora sigue latiendo en ellos el poderoso impulso y anhelo de ascender. El mundo exterior no los tiene en cuenta. Pero dentro de su familia solo ha de valer su palabra. Son los más ardientes defensores de la autoridad. Y como siempre que alguien defiende la autoridad, se refieren siempre a la suya, nunca a la del otro. No siempre son tiranos brutales, aunque tienen inclinación a serlo. También emplean la lisonja y la astucia para dominar a los demás. Y siempre están llenos de normas y principios. Todo tienen que saberlo y saberlo mejor; siempre ha de salir a relucir su superioridad. Los demás miembros de la familia están estrictamente obligados a dar testimonio ante el mundo exterior del honor y la importancia de la persona dominante. Solo los lados luminosos de la vida familiar han de mostrarse al entorno; en todo lo demás hay que mentir y fingir. El progreso espiritual y físico de los hijos ha de servir a la gloria del padre o de la madre; cada reprensión en la escuela y todas las pequeñas travesuras de la infancia se hinchan hasta convertirse en parricidio y se persiguen sin descanso. El padre o la madre hacen entonces de por vida de emperador, de papa infalible, de juez de instrucción, de sabio, y la débil fuerza del niño se obliga en vano a la carrera. Eternamente avergonzado e intimidado, castigado, rechazado y atormentado por pensamientos de venganza, el niño pierde poco a poco su ánimo vital o se refugia en la obstinación. Por todas partes flota alrededor del muchacho la imagen del educador como autoridad, amenaza y exige, mantiene despiertos en él la conciencia y el sentimiento de culpa, sin que de ello salga otra cosa que una sumisión cobarde seguida de furia o una rebelión obstinada seguida de arrepentimiento.

La vida ulterior del niño se escurre entonces en esta escisión. Su energía queda paralizada; las inhibiciones que se le han impuesto le parecen insoportables. A tales personas se las reconoce fácilmente en la vida posterior: muestran *llamativamente muchas medias tintas* en su ser; siempre luchan dos impulsos opuestos por el <!-- S. 122 -->dominio en su alma, desencadenan en todo momento la *duda*, que se resuelve ocasionalmente en el *miedo* al acto o en la *compulsión* al acto. El tipo ideal de esta clase de personas, el *hermafrodita psíquico, está ajustado a medias y a medias.*

## II. *Daño causado a los hijos por el miedo a que aumente la familia.*

¿Quién querría perder de vista la gran responsabilidad que espera a los padres en cuanto traen hijos al mundo? La inseguridad de nuestras condiciones de subsistencia, la consideración de las propias fuerzas, ¡cuántas veces llenan de preocupación a un matrimonio cuando piensa en el sustento y la educación de los hijos! No de otro modo los dolores y tormentos que las enfermedades, las malformaciones y el mal desarrollo de los hijos pueden causar al corazón de los padres. A ello se suman otros reparos. Quizá uno mismo estuvo enfermo alguna vez. Alguien de la familia padeció nerviosidad, enfermedad mental, tuberculosis o enfermedades de los ojos y los oídos. Con qué facilidad puede el niño llegar a ser un lisiado, un idiota, un criminal. Con qué facilidad podría la madre misma derrumbarse bajo el esfuerzo del parto, de los cuidados, de la lactancia. ¿Debe uno cargar con tanta culpa? ¿Puede exponerse a un niño a un porvenir peligroso?

Tales objeciones se idean y se fundamentan a menudo con una sagacidad inquietante. ¡Y sin embargo! Algunas de las preguntas anteriores no están todavía resueltas de modo irreprochable.

Pero precisamente por eso se prestan de maravilla a servir de espantajo. Y en cuanto esta cuestión, *que solo puede resolverse socialmente*, se trata dentro de la familia o por iniciativa privada, tiene que conducir necesariamente a daños. Queremos solo aludir al malhumor y la insatisfacción que a veces siguen al coito preventivo (*Prohibitivverkehr*). Hay que considerar igualmente que el impedimento artificial de la fecundación exige casi siempre una conducta que aumenta la nerviosidad existente. No pesa menos que sean casi siempre las personas demasiado precavidas las que procuran evitar la bendición de los hijos, y que estas construyan todo un sistema de seguridad, por el cual su precaución crece considerablemente y se extiende a todas las relaciones de la vida. Si en tales matrimonios no hay todavía ningún hijo, la tendencia a la seguridad obliga a los padres a ver su situación de color gris. Se urden y se mantienen toda clase de cavilaciones hipocondríacas para que <!-- S. 123 -->la salud no parezca irreprochable. Las cuestiones de comodidad y de lujo ocupan un espacio enorme y crían un egoísmo extraordinariamente agudizado, de modo que este egoísmo se alza como una barrera infranqueable contra la eventualidad de una descendencia. Pero si a pesar de todo llega un hijo, se encuentra en un entorno tan inadecuado que su salud física y espiritual queda en entredicho. Cada uno de los progenitores trata de cargar al otro el peso de la educación, como si quisiera hacerle probar la dificultad del cuidado de los niños para disuadirlo de más descendencia. Todas las tareas se sienten como un tormento, la lactancia se rechaza a menudo, el descanso nocturno perturbado y la renuncia a las diversiones se soportan con enorme dificultad y entre quejas continuas. Aparecen toda clase de síntomas nerviosos, dolor de cabeza, migraña, cansancio, que dejan bien claro a los allegados que un nuevo aumento supondría un peligro, por lo general para la madre. O bien los padres exageran su sentido del deber de tal modo que se dañan duraderamente a sí mismos y al niño. Están continuamente ocupados con el niño, espían cada respiración, husmean por doquier el peligro de enfermedad, arrancan al niño del sueño y exageran tanto cada medida que «la razón se vuelve sinrazón, y el beneficio, plaga».[^t3] De modo que en todos los observadores surge el pensamiento: *qué terrible sería que estos padres tuvieran un segundo hijo.*

Más adelante saldrán a la luz con claridad todas las cualidades defectuosas del «hijo único». El niño mismo se vuelve exageradamente medroso, acecha cada ocasión de someter a los padres excesivamente angustiados, de jugar con su preocupación y ponerlos a su servicio. La obstinación y la necesidad de apoyo proliferan sin medida, y a tales niños los distingue una afición a estar enfermos, porque mediante la enfermedad es como más fácilmente se hacen dueños de la situación.

## III. *Daño causado al «hijo predilecto» y a la «Cenicienta».*

Ciertamente no es fácil para los padres repartir su cuidado y su amor por igual entre varios hijos. La buena voluntad rara vez falta.

Pero ¿qué significa esto frente a una actitud inconsciente que trata constantemente de influir en el juicio y en la manera de obrar de los padres? ¿Qué significa, sobre todo, frente al fino <!-- S. 124 -->sentimiento de los niños para la igualdad de derechos, o incluso frente a una desconfianza que ya se ha despertado?

Aun en las circunstancias más favorables del cuarto de los niños, el más joven de ellos se sentirá postergado detrás de los mayores. El afán de crecer del niño lo induce a medirse constantemente con su entorno y a comparar sin cesar sus fuerzas con las de los demás hermanos. Por regla general, los hijos menores están sometidos a un impulso anímico reforzado y desarrollan la mayor avidez de valer, de poseer y de poder. Mientras esta aspiración se mantiene dentro de los límites de la ambición cultural, pueden esperarse de ella los mejores frutos. Pero no pocas veces se producen fuertes exageraciones de rasgos de carácter activos, entre los cuales destacan con particular fuerza la envidia, la avaricia, la desconfianza y la rudeza. Las ventajas naturales de los hijos mayores pesan como una carga sobre el más pequeño y lo obligan a *tendencias a la seguridad* reforzadas si quiere mantenerse aproximadamente a la misma altura de valer.

No de otro modo actúa la preferencia por un hijo sobre los demás. Un sentimiento y el temor de verse postergado se mezclan entonces siempre en todos los impulsos anímicos; la fantasía de Cenicienta se extiende poderosamente, y pronto aparecen la timidez y el retraimiento. El niño postergado se cierra anímicamente y se pone, en todas las ocasiones imaginables, en un estado de ánimo de agravio que acaba por convertirse en hipersensibilidad e irritabilidad duraderas. Desalentado y sin verdadera confianza mira hacia el porvenir, trata de asegurarse con toda clase de rodeos contra agravios siempre esperados y teme toda prueba o decisión. Su energía sufre por el eterno miedo a no poder salir adelante, al ridículo, al castigo. En los casos más acusados el niño se transforma tanto en su perjuicio, su obstinación irritada se convierte en un obstáculo tan importante para su desarrollo, que al final parece merecer la postergación frente a los demás hijos. Cuando entonces, con motivo de percances y travesuras desagradables en los que precisamente este niño aparece implicado, los padres o los maestros subrayan airados: «¡Siempre lo hemos sabido! ¡Así tenía que acabar!», entonces viene a cuento el modesto recordatorio: «¿Sabido? ¡No! ¡Vosotros lo habéis hecho!». A veces tales niños «*postergados*» solo se sienten cohibidos en su círculo de parientes y conocidos, pero abandonan su retraimiento en cuanto se hallan en compañía extraña, como si estuvieran bajo la presión <!-- S. 125 -->de sus pecados ya conocidos. Entonces, ciertamente, solo ayuda alejarlos de un círculo a menudo inadecuado o —en los casos más graves— que el niño comprenda plenamente su situación y se desprenda de ella: la educación para la independencia mediante la pedagogía terapéutica.

A menudo *la causa de la postergación está en el sexo del niño*; muy a menudo se prefiere el varón a la niña, aunque a veces ocurre lo contrario. Nuestras formas sociales son mucho más favorables al sexo masculino. Las niñas captan esta circunstancia bastante pronto, y el sentimiento de postergación está bastante generalizado entre ellas. O bien quieren igualar en todo a los varones, o bien tratan de compensar en su esfera, la femenina, su sentimiento de postergación, se protegen de humillaciones y menoscabos mediante una sensibilidad excesiva y la obstinación, y adoptan rasgos de carácter que solo pueden entenderse *como medidas de protección*. Se vuelven avaras, envidiosas, malvadas, vengativas, desconfiadas, y a veces intentan resarcirse mediante la mendacidad y la propensión a delitos secretos. En esta aspiración no hay en absoluto *ningún rasgo femenino*, sino que *es la protesta del niño que se ha vuelto inseguro en lo más íntimo de su ser*; es la compulsión inconsciente, ineludible, de mantenerse a la misma altura que el hombre; en suma: *la protesta masculina.* No es el *hecho* de la postergación lo que pesa en ello, sino un *sentimiento de postergación* muy a menudo falseado, erróneo. Con el tiempo, ciertamente, cuando el niño hipersensible se vuelve insoportable, interviene siempre perturbando la armonía de la convivencia y desarrolla sus caracteres de protesta exaltados y exacerbados, la postergación se hace verdad, y el niño nerviosamente predispuesto es castigado, tratado con más severidad, evitado, a menudo con el resultado de que se aferra a su obstinación.

O bien el entorno cae bajo el yugo del niño desenfrenado, para quien toda relación personal se convierte en una lucha y todo deseo degenera en un hambre de triunfo, de una derrota del otro. Con ello el niño llega al umbral de la neurosis, del delito, del suicidio. A veces, ciertamente, también a la puerta de la creación genial. *Del sentimiento de postergación, de la inseguridad personal, del miedo al papel futuro y a la vida se desarrollan poderosamente impulsos exagerados <!-- S. 126 -->hacia el valer, el amor y la ternura*, cuya satisfacción casi nunca se logra, y menos aún en seguida. En el último instante el niño nerviosamente predispuesto retrocede todavía ante toda empresa y se entrega a un apocamiento que excluye toda acción enérgica. *Todas las formas de la nerviosidad dormitan aquí en germen y, una vez estalladas, sirven a este miedo a las decisiones.* O bien los afectos exacerbados rompen todas las salvaguardias morales y anímicas y empujan con ímpetu al acto, que por cierto madura con harta frecuencia por los caminos prohibidos del delito y del vicio.

En cuanto al *hijo predilecto*, el niño consentido y malcriado, su daño consiste sobre todo en que aprende ya tempranamente *a sentir su poder y a abusar de él.* Por ello su afán de notoriedad está tan poco limitado y es tan poco dócil que el niño siente toda insatisfacción, por mucho que la imponga la vida, *como una postergación.* Así pues, los padres crean con diligencia e intención para su predilecto situaciones que le adhieren la misma irritabilidad e hipersensibilidad que al niño postergado. Esto, ciertamente, no se aclara casi nunca hasta la escuela o fuera del cuarto de los niños. La misma inseguridad, la misma timidez medrosa y la angustia ante la vida caracterizan a los hijos predilectos. A veces estos rasgos solo están encubiertos por un comportamiento arrogante y por la ira. Como estos niños estaban acostumbrados a servirse de su entorno como de un apoyo, a asignar a los padres y a los hermanos un papel de servidores, buscan en su vida ulterior una y otra vez apoyos semejantes, no los encuentran y se retiran intimidados y rencorosos.

Ambos modos de educación conducen, pues, a acrecentamientos de las magnitudes afectivas y amenazan con insatisfacción duradera, pesimismo, dolor del mundo e indecisión. No pocas veces el mimo recae en un hijo único. Es fácil comprender cuántas veces se suman entonces los daños del mimo a los que nacen del miedo a una nueva descendencia. También el exagerado apetito de autoridad de los padres actúa con más dureza cuando no puede repartirse entre varios hijos, sino que pesa sobre uno solo.

Ahora bien, precisamente en lo que se refiere a las causas del mimo hay una serie de dificultades para cuya superación se requieren una mirada especialmente lúcida de los padres y una sensibilidad educativa sobresaliente. Así en el caso de que se trate de un niño *enfermizo o <!-- S. 127 -->lisiado*. ¡A quién no conmueve la idea del amor y los fieles cuidados de la madre junto a la cama del hijo enfermo! Y, sin embargo, puede colarse en ello fácilmente un exceso de ternura, sobre todo allí donde se trata de niños permanentemente enfermizos. El niño se orienta fácilmente en la idea de que la enfermedad puede serle útil como «aseguramiento» en la vida, de que le procura más amor, miramientos y otras varias ventajas. Desde los pequeños favores, pero a menudo tan importantes para la vida posterior —poder dormir en la cama de los padres, en su dormitorio, estar constantemente bajo su vigilancia, verse dispensado de todo esfuerzo—, hasta la pérdida de toda esperanza y de todo deseo de obrar por sí mismo, hay una línea recta. El despojo de toda confianza en la vida que se comete con estos niños postergados por la naturaleza resulta tanto más irritante cuanto que a menudo solo con esfuerzo puede evitarse. Pero tan fuerte ha de ser el amor y el sentido del deber educativo que ayude, aun al precio del propio dolor, a los lisiados y a los achacosos a alcanzar el ánimo vital y a obrar y perseverar por sí mismos.

También la *preferencia por los niños bien formados y especialmente bien logrados* nace casi siempre de una actitud comprensible de los padres y educadores, pero a menudo va bastante demasiado lejos, porque intervienen sentimientos inconscientes, no controlados. Solo hay que procurar evitar también el error de tratar con más dureza a los niños sanos y logrados a causa de sus ventajas naturales, a lo que uno se cree a veces impulsado por un sentimiento de justicia exagerado.

Ahora bien, hay una clase de preferencia que pesa más que todas las demás, que procede de causas sociales, reales, pero que los padres y educadores fomentan a menudo considerablemente, de modo que con harta frecuencia no solo el preferido, sino también el postergado sufre daño. Me refiero a las enormes ventajas de que goza en general *el sexo masculino*. Estas ventajas influyen demasiado en la conducta de los padres, y poco cambia el daño que las niñas no sufran postergación en la familia. La vida y nuestras condiciones sociales sugieren tanto a las niñas el sentimiento de su inferioridad que el psicólogo puede esperar sin excepción los impulsos que nacen como reacción a este sentimiento de postergación: deseos de igualar al sexo masculino, resistencia contra toda <!-- S. 128 -->coacción, incapacidad de someterse, de plegarse. Aun con la educación más adecuada, se apoderarán de la niña, pero también del muchacho aniñado,[^t4] un sentimiento de inseguridad, una propensión al malhumor y una sensación, casi siempre indeterminada, de expectación angustiosa. *La inserción en el papel sexual se realiza bajo una enorme tensión de la fantasía.* Una fase de indiferenciación (*Dessoir*) hace que se fortalezcan regularmente impulsos que delatan una *prisa por volverse masculino*, por parecer fuerte, grande, duro, rico, dominante, poderoso, sabio, impulsos acompañados de movimientos de temor, cuya expresión psicológica será cierta intolerancia a la coacción, a la obediencia, a la sumisión y a la cobardía, en suma, a los rasgos femeninos. Ahora bien, todos los niños cuya indiferenciación se manifiesta más tiempo y con más claridad —hermafroditas psíquicos— desarrollarán *compensatoriamente*, como contrapeso del creciente sentimiento de su inferioridad, rasgos negativistas, tanto los varones como las niñas: rasgos de obstinación, crueldad, desobediencia, e igualmente de timidez, miedo, cobardía, astucia y maldad, a menudo una mezcla de inclinaciones más o menos agresivas que he llamado la *protesta masculina*. Así entra en estas almas infantiles un anhelo exacerbado, abundantemente alimentado por fantasías inconscientes: *parecer masculino y exigir del entorno la prueba inmediata de ello.* Y nunca falta el reverso de este anhelo: el miedo a la decisión, a la derrota, al «estar abajo». De estos niños salen los hombres de *Sturm und Drang*,[^t5] en el buen y en el mal sentido, los siempre exigentes, nunca satisfechos, naturalezas combativas, fogosas e impetuosas, que sin embargo siempre vuelven a pensar en la retirada. Siempre sufren sus sentimientos sociales; son egoístas rígidos, pero tienen a menudo la capacidad de ocultar su egoísmo a sí mismos y a los demás, y trabajan sin descanso en la desvalorización de todos los valores. Los encontramos en la cima de la cultura, e igualmente en el fango. La mayor parte de ellos fracasa y cae en la nerviosidad.

Un carácter principal de su psique es la *lucha contra el otro sexo*, una lucha librada a menudo con violencia, a menudo en silencio, pero con encarnizamiento, a la que siempre se mezclan también rasgos de temor. Es como si necesitaran, para alcanzar su soñada masculinidad, la derrota de un adversario del otro sexo. Pero no se crea que estos rasgos están a la vista. Por lo general se esconden tras <!-- S. 129 -->consideraciones éticas o estéticas y culminan, en los años posteriores a la pubertad, en *la incapacidad para el amor y en el miedo al matrimonio.*

¿Qué pueden hacer los padres y educadores para prevenir este daño, que nace de que el niño valora en menos a la mujer y sus tareas? La diferencia de valor entre las aportaciones masculinas y femeninas en nuestra sociedad, demasiado ávida de valores, no pueden eliminarla del mundo. Pero sí pueden procurar que dentro del cuarto de los niños *no se manifieste de forma demasiado insistente.* Entonces *el miedo al destino de la feminidad* no podrá encenderse, y los afectos quedarán sin excitar. Así pues, no se debe empequeñecer a la mujer y sus tareas en el cuarto de los niños, como suele suceder a menudo cuando el padre trata de hacer resaltar su masculinidad o cuando la madre se enoja malhumorada por su posición en la vida. No se debe educar a los varones en el orgullo de ser varón, y aún menos favorecer la envidia de las niñas hacia los varones. Y ante todo no se debe alimentar la duda del niño sobre su papel sexual, sino fomentar desde la lactancia su inserción en él mediante medidas educativas adecuadas.

[^1]: El médico de los nervios tiene que contarlos entre los «nerviosos», estén o no en tratamiento. Su exagerada sensibilidad, su miedo al menosprecio y al ridículo provocan las «tendencias a la seguridad» antes mencionadas, que he descrito repetidas veces como el carácter esencial de la neurosis.

[^t1]: Karl Lamprecht (1856-1915), historiador alemán, caracterizó la época contemporánea como la de la *Reizsamkeit*, la «excitabilidad» nerviosa (*Deutsche Geschichte*, vols. complementarios, 1902-1904). (N. del T.)

[^t2]: Literalmente, «a arrojar la escopeta al trigo» (*die Flinte ins Korn werfen*), locución alemana por «darse por vencido». (N. del T.)

[^t3]: Cita del *Fausto* de Goethe, I, escena del estudio (Mefistófeles al estudiante): «Vernunft wird Unsinn, Wohltat Plage». (N. del T.)

[^t4]: *mädchenhaft*: con rasgos de niña, afeminado. (N. del T.)

[^t5]: *Stürmer und Dränger*: los del *Sturm und Drang* («tempestad e ímpetu»), el movimiento literario juvenil y rebelde de la Alemania de 1770-1785; aquí, figuradamente, los espíritus fogosos e inquietos. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de *Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie*, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 115-129, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. El texto se publicó por primera vez en *Monatshefte für Pädagogik und Schulpolitik* 4 (1912), págs. 225-236, que no se ha podido cotejar. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en secciones, la nota del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las erratas del impreso señaladas en la versión original se traducen por el sentido («Por el Dr.», «postergación», «miedo al matrimonio»). *Geltungsdrang* y *Geltungstrieb* se traducen «afán de notoriedad», como *Geltungsstreben* en el glosario, y *Geltung* «valer»; *Sicherungstendenz*, «tendencia a la seguridad»; *Gemeinschaftsgefühle*, «sentimientos de comunidad»; *Kinderstube*, «cuarto de los niños». Las adiciones del traductor van entre corchetes y las notas del traductor llevan «(N. del T.)». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
