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Title: El tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino
Description: Artículo de Adler (octubre de 1910) en el primer número del Zentralblatt für Psychoanalyse: expone el paso de la inferioridad orgánica al sentimiento de inferioridad y a la protesta masculina, clasifica los rasgos de carácter del neurótico en cuatro grupos y, con el caso de un joven funcionario y dos pacientes mayores, sostiene que la neuralgia del trigémino y cada uno de sus ataques son de origen psíquico: surgen cuando la ira se une en lo inconsciente a un sentimiento de postergación.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1910-10%20Die%20psychische%20Behandlung%20der%20Trigeminusneuralgie
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<!-- S. 10 -->

II.

# El tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino.

Por el Dr. Alfred Adler, Viena.

El método psicoanalítico tiene sus indicaciones estrictas y exige, quizá más que ningún otro método, una delimitación precisa de su campo de trabajo. Que solo vale para las enfermedades psicógenas se entiende de antemano. Del mismo modo, la posibilidad de elaborar psíquicamente el material hallado no debe estar estorbada por trastornos intelectuales del paciente, por demencia, debilidad mental o delirios. Si la psicosis puede ser influida por el análisis, y en qué medida, es todavía hoy una cuestión abierta; pero es seguro que es accesible al análisis, muestra las mismas líneas fundamentales que la neurosis y puede prestar valiosos servicios para el estudio de las *actitudes psíquicas anormales.*

Si se quiere aprovechar plenamente el campo de trabajo del método psicoanalítico, lo primero que ha de darse es la posibilidad de reconocer una enfermedad psicógena.

Respecto de las psiconeurosis típicas, la histeria y las neurosis obsesivas, la convicción científica de su origen psicógeno está tan asentada que solo se levantan objeciones vacilantes y desde dos lados. O bien se subraya el *factor constitucional* y se intenta situar todos los fenómenos bajo el punto de vista de la degeneración hereditaria, los funcionales igual que los psíquicos, *sin atender al paso de la inferioridad orgánica a la psique neurótica.* Que este paso no tiene que producirse necesariamente, y *cómo otros pasos conducen al genio, al crimen, al suicidio, a la psicosis,* lo demostré hace ya tiempo[^1]. Y en este y <!-- S. 11 --> otros trabajos he llegado a la conclusión de que una inferioridad congénita de sistemas glandulares y orgánicos conduce a la predisposición neurótica cuando se hace valer psíquicamente, es decir, *cuando produce en el niño con tara hereditaria el sentimiento de inferioridad frente a su entorno*[^2]. Así, los estigmas externos de degeneración, en cuanto dan lugar a deformidades y fealdad, o cuando son señales visibles por fuera de inferioridades orgánicas más profundas y se unen a ellas —orejas deformes con anomalías congénitas del oído, daltonismo, astigmatismo u otras anomalías de la refracción con estrabismo, etc.—, pueden provocar en el alma del niño, aparte de sus síntomas objetivos, un sentimiento de inferioridad y de inseguridad. Del mismo modo actúan otras inferioridades orgánicas, sobre todo cuando no amenazan la vida, sino que permiten posibilidades de desarrollo psíquico. El raquitismo puede perturbar el crecimiento en estatura, dar lugar a una pequeñez y una torpeza llamativas; las deformidades raquíticas —pie plano, piernas en X y en O, escoliosis, etc.— pueden rebajar tanto la movilidad como el sentimiento de sí del niño. — Los *fenómenos de déficit de las suprarrenales,* del *tiroides,* del *timo,* de la *hipófisis,* de los *genitales internos,* sobre todo las formas congénitas de naturaleza leve, cuyos síntomas reciben a menudo más la censura del entorno que un tratamiento adecuado, resultan funestos no solo para el desarrollo orgánico, sino sobre todo para el psíquico, porque despiertan y mantienen el sentimiento de postergación y de inferioridad. Así resultan también perniciosas en ambas direcciones la *diátesis exudativa,* el *status lymphatico-thymicus* y el *hábito asténico,* así como la *hidrocefalia* y las formas leves de *debilidad mental.* *Las inferioridades congénitas del aparato urinario y del digestivo* crean síntomas objetivos[^3] lo mismo que sentimientos subjetivos de inferioridad, a menudo dando el rodeo por el defecto infantil de la enuresis o de la *incontinentia alvi*, o porque la necesidad corporal, el miedo al castigo y al dolor imponen a menudo una *cautela exagerada* al comer, al beber y al dormir[^4].

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Las consideraciones y comprobaciones de este tipo, relativas a las irradiaciones objetivas y subjetivas de la inferioridad orgánica, me parecen de la mayor importancia, pues *nos muestran el nacimiento de síntomas neuróticos, en particular de rasgos de carácter neuróticos, a partir de las inferioridades orgánicas congénitas,* y prueban por igual la inferioridad orgánica constitucional y los factores psicógenos como fuentes de la neurosis. La base normal de estas relaciones más tensas entre lo orgánico y lo psíquico es fácil de reconocer: se encuentra en la *inferioridad orgánica relativa del niño,* también del sano, frente al adulto, y desencadena en él, aunque en medida más soportable, el sentimiento de inferioridad e inseguridad que, cuando la inferioridad orgánica *absoluta* se hace sentir, conduciría a los insoportables sentimientos de inferioridad que he encontrado en todos los neuróticos. *El niño es en todas las circunstancias un «quiero ser grande»*[^t1] y fantaseará y soñará precisamente con aquellos éxitos que la naturaleza le ha puesto difíciles. Querrá verlo todo si es miope, oírlo todo si tiene anomalías auditivas, querrá hablar siempre si tiene dificultades del habla o tartamudea, y querrá oler siempre si vegetaciones congénitas de la mucosa, desviaciones del tabique o vegetaciones adenoideas le impiden husmear con la nariz[^5]. Los niños de movimientos pesados y torpes tendrán toda la vida la ambición de ser los primeros en el sitio, de modo semejante a los segundogénitos y a los nacidos más tarde. Quien de niño dejó que desear en agilidad estará siempre atormentado por el miedo a llegar tarde y en otras ocasiones se verá fácilmente empujado a apresurarse y correr. El deseo de volar se despierta antes que en nadie en aquellos niños que ya al saltar encuentran grandes dificultades. Esta oposición entre los menoscabos dados orgánicamente y los deseos, <!-- S. 13 --> fantasías y sueños, es decir, las tendencias psíquicas de compensación, es tan general que de ella puede derivarse *una ley psicológica fundamental: la del vuelco dialéctico de la inferioridad orgánica, a través de un sentimiento subjetivo de inferioridad, en tendencias psíquicas de compensación y de sobrecompensación.*

La conducta exterior y el comportamiento psicológico interior del niño así predispuesto a la neurosis muestran claramente las huellas de este vuelco dialéctico, y ello en la primera infancia, relativamente temprano. Su comportamiento, por distinto que sea en cada caso, puede entenderse en el sentido de que quiere estar «*a la altura*» en todas las relaciones de su vida. *Ambición, vanidad,* querer entenderlo todo, querer opinar en todo, ser el primero en fuerza corporal, en belleza, en el vestir, en la familia, en la escuela, atraer la atención sobre sí con buenas y malas acciones: esto caracteriza las primeras fases de su desarrollo anormal. A ratos se abre paso el sentimiento de inferioridad e inseguridad y se manifiesta en *miedo* y *timidez,* que pueden fijarse ambos como rasgos de carácter neuróticos. En esta fijación guía al niño una tendencia estrechamente emparentada con la ambición: *no deben dejarme solo, alguien (el padre, la madre) tiene que ayudarme,* tienen que ser amables y tiernos conmigo (sobrentiéndase: porque soy débil, inferior): esto se convierte en el *leitmotiv* de sus impulsos psíquicos. Una *hipersensibilidad* permanentemente irritada, la *desconfianza* y la *quejumbrosidad* velan por que *no se produzca ninguna postergación ni menoscabo.* O el niño se vuelve agudísimo en su mirada, se hace *presensible, tanteando todas las posibilidades de una postergación,* con la intención decidida de *asegurarse contra ella,* ya sea mediante la intervención activa, rendimientos positivos, presencia de ánimo, prontitud en la réplica, o apoyándose en uno más fuerte, despertando la compasión y la simpatía, exagerando posibles padecimientos, provocando o simulando enfermedades, desmayos y deseos de muerte, que pueden condensarse hasta en impulsos suicidas, siempre con la intención de despertar la compasión o de vengarse de un menoscabo[^6].

Pues también llamean *sentimientos de odio* y *de venganza,* la *cólera* y los *apetitos sádicos,* la *inclinación a las acciones prohibidas* y las *perturbaciones continuas de los planes educativos,* también mediante la *indolencia,* la *pereza* y la *obstinación,* muestran al niño predispuesto en su rebelión contra una opresión supuesta o real. Tales <!-- S. 14 --> niños hacen del comer, lavarse, vestirse, cepillarse los dientes, acostarse y estudiar todo un asunto, se rebelan contra los recordatorios de defecar y orinar, o arreglan percances, vómitos cuando se les obliga a comer o se les empuja a ir a la escuela, ensuciamientos incluso con heces y orina, enuresis, para que siempre se ocupen de ellos, para que no los dejen solos, para que no los dejen dormir solos, toda clase de trastornos del sueño para provocar pruebas de amor, para que los acojan en la cama de los padres; en una palabra, *para hacerse valer mediante su obstinación o mediante la compasión del entorno.*

Por lo general estos hechos están a la vista y muestran una plena concordancia, tanto si se obtienen de la vida y de los rasgos de carácter del niño predispuesto como de la anamnesis del neurótico o del esclarecimiento de la dinámica de sus síntomas. A veces, sin embargo, se tiene aparentemente que ver con «niños modelo» que muestran una obediencia asombrosa. Pero de vez en cuando se delatan también por un estallido de ira incomprensible, o bien su hipersensibilidad, su constante resentimiento, sus abundantes lágrimas o dolores sin hallazgo objetivo (dolores de cabeza, de vientre, de pies, migraña, quejas exageradas por el calor, el frío, el cansancio) ponen sobre la pista correcta. Y entonces se comprende fácilmente que aquí *la obediencia, la modestia, la constante disposición a someterse* no son más que medios adecuados al fin de hacerse valer y de obtener recompensas, pruebas de amor, exactamente como pude mostrarlo en la *dinámica del masoquismo* en el neurótico[^7].

Debo mencionar todavía una serie de fenómenos del niño predispuesto que se enlazan estrechamente con los descritos. Todos delatan el rasgo de causar disgusto a los educadores aferrándose obstinadamente a actividades impropias o molestas, y de atraer sobre sí la atención, aunque sea de mala gana. Aquí entran inclinaciones que tienen algo de juego, como: *hacerse el sordo, el ciego, el cojo, el mudo, el torpe, el olvidadizo, el loco, tartamudear, hacer muecas, caerse, ensuciarse.* También niños de disposición normal muestran tales veleidades. Pero hace falta la ambición enfermiza, la obstinación y el afán de valer del predispuesto para mantener y explotar más tiempo esos juegos y «payasadas». Del mismo modo, tales niños pueden, con intención maliciosa y atormentadora, y a veces, desde luego, también para escapar de una opresión tiránica, retener y practicar a menudo durante mucho tiempo síntomas de enfermedad o malas costumbres que vivieron u observaron una vez (ronquera, tos, morderse las uñas, hurgarse la nariz, <!-- S. 15 --> chuparse el dedo, tocarse los genitales, el ano, etc.). Incluso la timidez y el miedo pueden fijarse por estos fines y emplearse con provecho (para que no lo dejen solo, para que lo sirvan). En ello desempeña regularmente un papel el recurso a un órgano inferior correspondiente, como lo he mostrado en el «Estudio» (l. c.).

De todas estas particularidades del niño predispuesto hay transiciones a los síntomas de la histeria, de la neurosis obsesiva, de la neurosis e histeria traumáticas[^t2], de la neurastenia, del tic convulsivo, de la neurosis de angustia y de las neurosis funcionales *aparentemente* monosintomáticas (tartamudez, estreñimiento, impotencia psíquica, etc.), que, según mi experiencia, tengo que considerar en conjunto como *una psiconeurosis unitaria.* Lo que en la infancia se adopta de estos fenómenos sin plena conciencia, *sobre la base de una actitud refleja,* para ganar la línea de menor resistencia *para el instinto de agresión acumulado,* se vuelve modelo, aunque por lo general sobreedificado y ricamente elaborado, en el síntoma del neurótico. Hasta qué punto entran aquí en juego la sugestibilidad aumentada (Charcot, Strümpell), el estado hipnoide (Breuer) o el carácter alucinatorio de la psique neurótica (Adler), no lo examinaremos en este lugar. Lo seguro es que tanto el ataque aislado como los síntomas neuróticos continuos y el carácter neurótico duradero se producen del mismo modo bajo la influencia de la actitud infantil estudiada, una actitud que ha caído en lo anormal por las fantasías de deseo infantiles y por valoraciones falsas.

Pero las fantasías de deseo del niño no tienen en modo alguno un valor solo platónico, sino que son la expresión de un impulso psíquico que dicta sin restricciones la actitud y, con ella, las acciones del niño. La intensidad del impulso varía en grado, pero en los niños predispuestos —compensando su sentimiento de inferioridad reforzado— crece hasta lo inconmensurable. El análisis saca primero a la luz recuerdos de sucesos («vivencia infantil, traumas sexuales») en los que el niño adoptó una postura determinada. Ya señalé en el «Instinto de agresión» (l. c.) que «la importancia de la vivencia infantil ha de reducirse en el sentido *de que en ella se hacen valer el instinto fuerte y sus límites (como deseo y su inhibición),*» y además que el choque con el mundo exterior, ya sea en forma (allí: a consecuencia) de experiencias teñidas de displacer, ya a consecuencia de la extensión del deseo a bienes vedados por la cultura, «*se produce con certeza absoluta en el órgano inferior y fuerza la transformación del instinto.*» La mayor <!-- S. 16 --> expansión de los instintos de los niños predispuestos procede dialécticamente del sentimiento de inferioridad; la tendencia a superar debilidades, el anhelo de triunfo, salta a la vista en los sueños y fantasías de deseo, y la actitud orientada a un papel de héroe es el intento de una compensación.

En este estrato neurótico más profundo el análisis descubre *regularmente deseos e impulsos sexuales de naturaleza claramente incestuosa,* y junto a ellos también intentos y actividades sexuales con personas ajenas a la familia. *Estas observaciones, desconocidas antes de los análisis de Freud sobre la psicología infantil, que ponen fin también de manera brusca a la suposición de la inocente pureza del niño, se comprenderán sin embargo si se recuerda la expansión, a menudo desatada, de los instintos, el contrapeso compensatorio frente al sentimiento de inferioridad en el niño predispuesto.* También en otra dirección que la sexual se hace valer este azuzamiento de la vida instintiva. Se oye hablar de *un instinto exacerbado de comer, de mirar, de ensuciar,* de *inclinaciones sádicas* y *criminales,* de *afán de dominio, obstinación, cólera,* o de *lectura ávida de libros y de extraordinarios afanes de distinguirse de algún modo.* Todas estas tendencias solo se vuelven del todo claras cuando se logra captar el sentido de la sexualidad tempranamente despertada y de sus manifestaciones.

Este sentido dice: *Quiero ser un hombre.* Y se impone en los niños como en las niñas, sobre todo en los niños predispuestos, de manera tan estridente que *de antemano uno se ve llevado a suponer que esta tendencia ha brotado en oposición a una sensación, teñida de afecto displacentero, de no ser masculino. Y, en efecto, la psique neurótica se muestra presa de esta dinámica, que he descrito como hermafroditismo psíquico seguido de protesta masculina*[^8]. Con la fijación del sentimiento de inferioridad en los niños predispuestos, que da lugar al azuzamiento compensatorio de la vida instintiva, queda así dado el comienzo de ese desarrollo peculiar de la psique que termina en la protesta masculina exagerada. Estos procesos psíquicos dan el impulso a una actitud anormal del neurótico ante el mundo y le imprimen —en medida aún más reforzada— rasgos de carácter como los descritos antes, *que no pueden derivarse <!-- S. 17 --> solo del instinto sexual ni solo de los instintos del yo,* sino que saltan a la vista en conjunto *como las ideas de grandeza del neurótico,* que por lo general modifican e inhiben el instinto sexual y a menudo se oponen al instinto de conservación.

A este grupo de rasgos de carácter se suman otros que acompañan el choque de la expansión ilimitada de los instintos con satisfacciones instintivas vedadas por la cultura, *como sentimientos de culpa, cobardía, indecisión, apocamiento, o también miedo al ridículo y al castigo.* Los he descrito detalladamente en el trabajo «Sobre la predisposición neurótica» (l. c.). Con mucha frecuencia se encuentran impulsos *masoquistas,* una *inclinación exagerada a la obediencia, a la sumisión y al autocastigo,* y de estos rasgos de carácter puede inferirse la dinámica psíquica, así como la historia previa. El obstáculo más fuerte para la expansión de los instintos es, evidentemente, la llegada al impulso incestuoso. Esta constelación actúa como *memento* y asume en adelante la tarea de cargar de inhibiciones el instinto sexual y los demás instintos orgánicos. *El neurótico se siente un criminal, se vuelve extremadamente escrupuloso y amante de la justicia, pero su actitud se produce bajo la ficción de que en el fondo es malo, dotado de una sexualidad indómita, lleno de un ansia ilimitada de goce y capaz de cualquier fechoría, en particular de índole sexual, y por eso obligado a una cautela especial.*

El arreglo de esta ficción es visiblemente exagerado y sirve a la *tarea principal del neurótico: asegurarse*[^9]. Las tendencias a la seguridad del neurótico ayudan a construir un tercer grupo de rasgos de carácter, todos adaptados al *leitmotiv* «cautela». La desconfianza y la manía de dudar son sin duda los que más saltan a la vista. *Pero con la misma regularidad se encuentran una inclinación exagerada a la limpieza y al orden, la tacañería y el continuo examinar a personas y cosas,* de modo que los neuróticos casi nunca llevan nada a término.

Todos estos rasgos de carácter inhiben el espíritu de empresa y se enlazan así estrechamente con el apocamiento debido a los sentimientos de culpa. Todo se piensa de antemano, *se sopesan todas las consecuencias,* el neurótico está siempre en tensa espera de posibilidades, y su tranquilidad se ve perturbada constantemente por conjeturas y cálculos de lo que vendrá. Un grandioso sistema de aseguramiento <!-- S. 18 --> recorre su pensar y su obrar, *se muestra regularmente en sus fantasías y sueños,* y a menudo se ve obligado a reforzarse: *mediante el establecimiento de un memento, mediante el arreglo inconsciente de derrotas, olvidos, cansancio, pereza y sensaciones dolorosas de toda clase. Un papel enorme desempeña en este sistema de aseguramiento la angustia neurótica, que en las más diversas formas, como fobia, sueño de angustia, en la histeria y en la neurastenia, directa o indirectamente («por ejemplo»), se interpone como inhibición ante la agresión.* El entrenamiento de todas estas tendencias a la seguridad produce a veces un aumento considerable de la capacidad de presentimiento y de la perspicacia, o al menos la apariencia de tal aumento, en la que se basa en algunos neuróticos la suposición de poseer *facultades telepáticas, una especie de predestinación y fuerza sugestiva.* En este punto se tocan rasgos de carácter de este grupo con los del primero, que proceden de las ideas de grandeza, *así como, por otra parte, uno se ve obligado a considerar la configuración compensatoria de las ideas de grandeza como salvaguardia contra el sentimiento de inferioridad.* — He conocido además cierto número de otras salvaguardias, de las que quiero destacar: *la masturbación como salvaguardia contra el comercio sexual y sus consecuencias, e igualmente la impotencia psíquica, la ejaculatio praecox, la anestesia sexual y el vaginismo.* Del mismo modo, los defectos infantiles, las enfermedades funcionales y los dolores alcanzan un empleo y una fijación secundarios cuando son aptos para reforzar al neurótico en su duda y apartarlo de actividades de índole sexual y cultural. Con mucha frecuencia es *la cuestión de casarse* la que pone la piedra a rodar. Entonces la tendencia a la seguridad aparece de forma morbosa en los predispuestos y coloca carteles de aviso, a menudo en terrenos apartados, de modo que parece faltar el sentido y la conexión. Pero el neurótico obra consecuentemente. Empieza a evitar la sociedad, se impone toda clase de barreras, se impide (por ejemplo, con dolor de cabeza) estudiar y trabajar, se pinta el futuro con los colores más sombríos, empieza por eso también a ahorrar y se deja advertir por una voz secreta que le susurra: ¡Cómo puede un hombre como tú, con tales defectos y carencias, con tan tristes perspectivas, decidirse a un paso de tan graves consecuencias! *Sobre todo lo que circula como neurastenia está lleno de tales arreglos y tendencias a la seguridad,* que, sin embargo, no faltan en ninguna neurosis y nos muestran al enfermo en la línea de retirada.

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*Un 4.º grupo* de signos delatores de una actitud neurótica surge porque, como en el grupo I, la tendencia a ser un hombre irrumpe en acciones, fantasías, sueños, a menudo en detalles secundarios, pero habla en jerga sexual. He informado de ello con más detalle en mis trabajos «sobre la predisposición neurótica» y sobre el «hermafroditismo psíquico» (l. c.). *Es el destino de los neuróticos haber crecido en una situación de inseguridad, para luego aspirar a seguridades.* La misma inseguridad descubre el análisis respecto del juicio del niño predispuesto sobre su propio papel sexual. Muchos de mis neuróticos varones tenían en la infancia, y a menudo hasta más allá de la pubertad, rasgos faciales femeninos o caracteres secundarios de feminidad, a los que luego atribuyeron su sentimiento de inferioridad. O mostraban anomalías de los genitales externos, criptorquidia, adherencias, hipoplasias y otras anomalías del crecimiento, en las que creían poder ampararse. Fotografías y retratos de los primeros años de la infancia me han enseñado que también llevar durante años vestidos de niña, encajes, collares, que los rizos y el pelo largo podían provocar en los chicos el mismo sentimiento de inseguridad y de duda. En el mismo sentido actúan la circuncisión y las amenazas de castración, así como la amenaza de que el pene se caiga o se pudra, tal como la emplean los educadores con los niños masturbadores. Pues la tendencia más fuerte del niño es y sigue siendo llegar a ser un hombre, y este anhelo se le simboliza en el gran pene del adulto, del padre. Ahora bien, el mismo anhelo se encuentra en las niñas, en las que quizá regularmente un sentimiento de inferioridad frente a los chicos empuja a una actitud masculina compensatoria. Poco a poco, para los niños predispuestos el mundo entero de los conceptos, e incluso todas las relaciones de la sociedad, se divide en masculino y femenino. Y siempre apremia el deseo de desempeñar el papel masculino, el de héroe, aunque sea, como en las niñas, a menudo con los medios más extraños. Toda forma de actividad y agresión, la fuerza, la riqueza, el triunfo, el sadismo, la desobediencia y el crimen se valoran falsamente como masculinos, exactamente igual que en el mundo de ideas de la mayoría de los adultos. Como femenino pasan el soportar, el esperar, el sufrir, la debilidad y *los impulsos masoquistas, que nunca deben entenderse como meta final cuando se imponen en la neurosis, sino que siempre han de allanar solamente —como pseudomasoquismo— el camino hacia el triunfo masculino, hacia el afán de valer del grupo I.* Los rasgos de carácter que acompañan a este grupo son los de la protesta masculina, <!-- S. 20 --> exageraciones compulsivas del sentir y el querer sexuales, impulsos exhibicionistas y sádicos, precocidad sexual y onanismo compulsivo, ninfomanía, afán de aventuras, fuerte apetencia sexual, narcisismo y coquetería. Las fantasías femeninas que aparecen al mismo tiempo (fantasías de embarazo y de parto, impulsos masoquistas y sentimientos de inferioridad) sirven como *memento* para reforzar la protesta masculina o para asegurarse contra sus consecuencias, a menudo según la fórmula del talión: «No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti»[^10]. — El concepto de coacción se amplía extraordinariamente, e incluso su mera apariencia se rechaza enérgicamente en continua lucha, de modo que relaciones del todo normales como el amor, el matrimonio, pero también cualquier otra integración, se sienten como no masculinas, es decir, femeninas, y se rechazan. Con los primeros conocimientos sexuales, en los niños predispuestos la protesta masculina empieza a disfrazarse de deseos sexuales masculinos, *sienta en niñas y niños la base de la fantasía incestuosa con la madre, y con ello, en las niñas, de impulsos homosexuales, o bien se sirve en los niños de imágenes y deseos homosexuales para indicar el sometimiento espiritual y corporal del padre.* La incompatibilidad de la niña con la madre, del hijo con el padre, no apunta en primer lugar a fantasías incestuosas con el progenitor del otro sexo, sino, al revés, a tendencias a la seguridad contra una orientación instintiva pasivo-homosexual como expresión de la feminidad. La conquista del progenitor del otro sexo, en cambio, se siente como impulso masculino, pero se inhibe con escrúpulos de conciencia y sentimiento de culpa.

Así ofrece el neurótico un *número considerable de rasgos de carácter* que se relacionan entre sí, se favorecen o se inhiben, y *permiten sacar una conclusión sobre su actitud anormal, y en última instancia pueden reducirse a exageraciones y valoraciones falsas de rasgos masculinos y femeninos.* <!-- S. 21 --> Si podemos hacer un reproche a la exposición anterior, es el de ser demasiado esquemática, de no poder agotar ni de lejos las abundantísimas conexiones de los distintos rasgos de carácter y de dar solo una parte, quizá la esencial, de la caracterología del neurótico. *Con todo, me he convencido de que, por este lado, el examen de la existencia de una enfermedad psicógena es adecuado y da resultado.* Y si me vuelvo ahora al problema planteado, *¿es la neuralgia del trigémino una enfermedad psicógena?*, puedo responder afirmativamente sobre la base de resultados concordantes. La estructura psíquica y la dinámica psíquica de la neuralgia del trigémino son tan unitarias en los 3 casos que he estudiado y muestran tan claramente los rasgos de carácter descritos, que también la objeción de la escasa casuística se resuelve por sí misma. Y lo que es igualmente de gran importancia para nuestra cuestión: no solo la enfermedad de neuralgia del trigémino sigue las líneas fundamentales de la neurosis descritas más arriba, *sino que cada ataque se presenta en lugar de un suceso psíquico.* Intentaré explicar estas relaciones de la psique neurótica y del carácter neurótico con la enfermedad y con el ataque.

El paciente, barón O. v. St., funcionario del Estado de 26 años, vino a verme con la noticia de que, a causa de una neuralgia del trigémino, le habían propuesto una resección. La enfermedad duraba ya año y medio; había aparecido una noche en el lado derecho y se mostraba desde entonces en violentos ataques varias veces al día. Desde hacía un año se veía obligado, más o menos cada 3-4 días, cuando los dolores eran especialmente fuertes, a ponerse una inyección de morfina. Cada vez había obtenido alivio. Había pasado por diversos tratamientos, medicamentosos con aconitina, procedimientos térmicos y eléctricos, todos sin éxito. También había recibido dos inyecciones de alcohol, que aumentaron notablemente el dolor. Una larga estancia en el sur le había procurado cierto alivio, pero también allí había tenido ataques a diario. Ahora estaba completamente desanimado por los incesantes ataques y, para no tener que sacrificar su carrera, se había decidido a operarse. Solo porque el concienzudo cirujano no podía prometerle una curación segura, quería pedirme también a mí consejo.

Por entonces yo había reunido ya amplias experiencias sobre la génesis psíquica de los ataques neurálgicos y de la neuralgia del trigémino, y había podido aprovechar además, retrospectivamente, observaciones de material más antiguo. La fórmula unitaria a la que había llegado mediante el análisis y la comparación de los distintos ataques decía: *la neuralgia del trigémino, así como cada uno de sus <!-- S. 22 --> ataques, aparecen regularmente cuando en lo inconsciente el afecto de la ira se une a un sentimiento de postergación*[^11]. Con esta comprobación tuve la posibilidad de aprender a comprender la actitud psíquica anormal de los pacientes con neuralgia del trigémino y de *reconocer los fenómenos patológicos que de ella dependen como equivalentes de procesos afectivos.* La impresión decisiva resulta del hecho, pronto establecido, *de que el paciente espera el rebajamiento, lo acecha, amplía enormemente el concepto de rebajamiento y —en unas neurosis más, en otras menos— a veces busca rebajamientos y los arregla, para sacar de ello la convicción de que tiene que asegurarse, pues no lo aprecian, es un desgraciado, etc. Esta actitud es la neurótica general* y en modo alguno característica de la neuralgia del trigémino. Si se la reduce y se la remonta *a la situación patógena infantil,* se reconoce claramente *el hábito psíquico del niño predispuesto: un sentimiento de inferioridad compensado por la protesta masculina.* El análisis sacó a la luz los elementos de esta situación:

I. *Criptorquidia*: su descubrimiento en sí mismo; el sentimiento de inferioridad y la inseguridad de si con este defecto podría llegar a ser un hombre completo. A ello se suman recuerdos de los 6-8 años de ataques sexuales a niñas con la intención de obtener aclaraciones sobre la diferencia de los sexos. Recuerdo cargado de afecto de juegos infantiles en los que el paciente era un héroe, o al menos un general o el padre de la casa, lo cual en este caso venía a ser lo mismo.

II. Preferencia aparente o real por el hermano, 5 años menor, al que se permitía dormir en el dormitorio de los padres. A ello se suman los recuerdos del paciente de intentos de llegar también al dormitorio de los padres. Para conseguirlo se le ofrecieron en su infancia varios medios. Primero, el miedo, el miedo a estar solo, que a veces sabía expresar con tanta claridad (*pavor nocturnus*) que la madre se lo llevaba consigo. Segundo, *alucinaciones auditivas,* que también podían desencadenar miedo (el miedo como salvaguardia), ruidos que atribuía a ladrones (el padre), que venían siempre de la dirección del dormitorio, de modo que iba a mirar. — (Intento de resolver el problema sexual en los padres). En este punto encaja también bien el juego del general, el jugar a ser el padre, <!-- S. 23 --> como protesta masculina contra su inseguridad en su papel sexual, igual que las fantasías incestuosas con la madre, estas últimas, por cierto, conocidas solo por análisis de sueños durante la cura. El sentido de esta conducta infantil, la salida más frecuente de la situación patógena infantil, habla ahora con gran claridad: «Me siento inseguro, no estoy a la altura, no tengo bastante valor a los ojos de los demás (véase la preferencia por el hermano), tienen que ayudarme, quiero llegar a ser como el padre, quiero ser un hombre». Como contrario de una valoración —como se ve— falsa, ha de pensarse necesariamente: «¡no quiero ser una mujer!». — Pues el pensamiento «quiero ser un hombre» solo es sostenible para el niño, y solo se apoya, gracias al pensamiento opuesto: «también podría ser una mujer», «o no quiero ser una mujer»[^12]. — Un tercer medio para compensar la preferencia por el hermano, imitar al padre, lograr la igualdad de derechos, aprender a representar su papel sexual y asegurarse con ello su masculinidad —todo lo cual hace comprensible su anhelo del dormitorio de los padres—, se le ofreció en el estar enfermo, sobre todo en los *dolores.* El análisis sacó a la luz, como tan a menudo, recuerdos de dolores reales, de exageraciones y simulación de ellos. Nuestro interés se vuelve hacia el tipo de dolores: se trataba casi regularmente de *dolores de muelas.* En este punto del análisis se tiene por primera vez la sensación de estar más cerca de comprender por qué *en este caso la elección de neurosis recayó en la neuralgia del trigémino.* El paciente era un muchacho fuerte y sano, que apenas conocía otros dolores que los de muelas, pero que reparó en otros dolores cuando su madre dio a luz al hermano pequeño: en los *dolores del parto.* Esta experiencia tuvo que caer en la época de su inseguridad y reforzar su impulso a ser un hombre. Nosotros, por nuestra parte, nos vemos llevados a suponer que hubo en la vida del paciente una fase en la que hizo una identificación: *dolor — sentimiento de inferioridad — mujer.*

Ahora queda al descubierto la dinámica de su situación patógena infantil: la posibilidad de tener que desempeñar un papel inferior, doloroso,[^13] femenino, <!-- S. 24 --> ha conducido dialécticamente a exageraciones de su protesta masculina. Aquí hay que añadir todavía la *obstinación* y la *obcecación,* que su madre aún recuerda con espanto. De las múltiples ocasiones que ofrecen a la obstinación infantil oportunidad de ejercitarse, he mencionado ya el *comer,* el *lavarse,* el *cepillarse los dientes* y el *acostarse.* Pues bien, es en extremo llamativo que todos los pacientes con neuralgia del trigémino que recuerdo, de acuerdo con las descripciones de los autores, sufrieran la mayoría de los ataques al comer, al lavarse, al cepillarse los dientes y al acostarse. A menudo se producen ataques al tragar. El análisis revela un apoyo en el concepto de «tragarse» algo en sentido figurado. Igualmente, ataques con el frío. Mi paciente, poco después del estallido de su enfermedad, se había retirado al campo con su madre y había saciado así el viejo anhelo de su infancia. La madre exageraba sus cuidados y su amor por el hijo enfermo, vigilaba con ansiedad sus comidas y procuraba siempre que tuviera agua caliente para lavarse. Cuando durante la cura tenía que comer en Viena, le venían fuertes dolores; los días en que comía en casa, no aparecían. Cuando llegó al punto de poder volver a la oficina, tuvo que tomar vivienda en Viena. Cuando el primer día se lavó en su nueva vivienda con agua *fría,* le vino una vez más un ataque.

Otra serie de ataques tenía que ver con su *afán de valer en sociedad.* Podían presentarse ataques ante rebajamientos reales, supuestos o temidos. Tenía que desempeñar siempre el primer papel, no soportaba quedar alguna vez excluido de la conversación o no poder oír las conversaciones de otras personas. Se reconoce fácilmente el esquema de la situación patógena infantil: el padre y la madre y, a su lado, él como persona inferior. El síntoma de la angustia ante la sociedad y de la agorafobia en otros neuróticos, en los que el *aseguramiento se logra mediante la angustia,* a veces también mediante *vómitos, migraña,* etc., y donde del mismo modo *es el temor al rebajamiento lo que guía al paciente,* está sustituido en nuestro caso por los ataques, <!-- S. 25 --> y en otros casos de neuralgia del trigémino puede encontrarse *cómo los enfermos intentan aislarse de toda sociedad, eso sí, invocando los dolores.* En mis otros casos, a la enfermedad de neuralgia del trigémino le habían precedido otros síntomas, como migraña, malestar, dolores generales en apariencia reumáticos[^14], ciática, rubor y oleadas de sangre a la cara.[^15]

En estas situaciones triangulares que desencadenan los ataques intervienen de modo destacado en nuestro paciente condiciones sexuales. Su conducta sexual es completamente normal y satisfactoria. Pero es un rasgo llamativo en él, típico de toda una serie de neuróticos, que la pasión amorosa solo se le vuelve fuerte *en cuanto hay un rival,* es decir, en cuanto el amor puede enlazarse con el rasgo masculino de robar y pelear. Este rasgo de carácter recorre toda su vida amorosa y refleja visiblemente la posición triangular de la situación patógena infantil. Estando en el sur, conoció a una muchacha a la que cortejó hasta que advirtió que su dote era escasa. Esto bastó para hacerle renunciar; pero su amor volvió a encenderse en el momento en que otro se presentó como pretendiente. Y a medida que crecía su amor, volvían a presentarse dolores más fuertes. Así, *cuando veía solos a los dos, cuando la muchacha sonreía al otro,* etc. — También durante la cura pudimos relacionar algunos ataques con esta relación, por ejemplo, cuando le vinieron dolores al leer en las cartas de la muchacha que se había divertido mucho en una reunión. Un número de ataques tenía que ver con la hora de recibir el correo, cuando surgían pensamientos como *por qué la muchacha llevaba tanto tiempo sin escribir, que seguramente se divertía con otros,* etc. — También aparecieron ensueños diurnos y fantasías de dejar primero que la muchacha se casara y luego inducirla al adulterio. Este rasgo de carácter, por cierto, se había reforzado poco antes de su enfermedad *por un <!-- S. 26 --> incidente notable.* Durante un pequeño viaje, un colega había seducido a una amante del paciente. Él rumiaba muerte y matanza. En esta fase llena de afecto cayó otro suceso. Había creído notar que la mujer de un superior le hacía insinuaciones. Pero también el marido parece haberlo notado y empezó a hostigarlo en la oficina. Para no estropear su carrera, se plegó entre continuas rebeliones secretas. *La noche antes de que su superior debiera volver de un permiso, estalló el primer ataque de su neuralgia del trigémino* con tal violencia que se puso a gritar fuera de sí y solo pudo calmarse un poco tras una inyección de morfina. Al día siguiente no volvió a pisar la oficina y tomó una baja por enfermedad para hacerse tratar. Ante todos los médicos, también ante mí, subrayó su deseo de poder volver pronto a la oficina. Se le prometió hacer todo lo posible. En particular, la inyección de alcohol debía devolverle inmediatamente la capacidad de trabajo. Ya vimos con qué resultado. Pero sabemos también por qué tuvo un efecto empeorador: *su verdadera aspiración inconsciente era no recuperar la capacidad de trabajo, no tener que volver a la oficina*[^16]. Solo un pensamiento no se dejaba reprimir, el pensamiento de salir de su situación como hombre, como vencedor, y lo pensó en el sentido no falseado de la situación patógena infantil: «*¡Quiero ir con mi madre!*». — Solo junto a ella mejoró un poco su estado, se repuso, no sin antes demostrar, mediante ataques acumulados sobre todo al comer, el peligro de muerte de su enfermedad, la amenazadora muerte por hambre, y hacer así a su madre, por la angustia y el susto, aún más dócil.

El análisis de un sueño de la cura muestra las condiciones más importantes de su falsa actitud inconsciente y de su neurosis. Soñó:

«*Estoy desnudo en la habitación de una amante. Ella me muerde en el muslo. Grito y me despierto con un violento ataque de mi neuralgia.*»

La historia previa de este sueño ocurrió la víspera y fue la siguiente: el paciente había recibido de Graz una postal en la que, entre otras firmas, figuraban el nombre de su hermano y el de la muchacha mencionada en el sueño. En la cena nada le supo bien, y tuvo un ataque leve. Sobre el sueño <!-- S. 27 --> contó: la muchacha había sido su amante durante algún tiempo. Pero pronto se había cansado de ella y había roto del todo. Hacía poco que su hermano la había conocido. Él le había advertido; sin éxito, como mostraban las firmas juntas. Esto le disgustaba tanto más cuanto que, por lo demás, tenía gran influencia sobre el hermano y, desde que había muerto el padre, ocupaba por así decir su lugar.

«*Desnudo.*» Sentía aversión a desnudarse delante de muchachas. Evitaba sobre todo enseñar los genitales. Esto tenía que ver con toda seguridad con su criptorquidia.

«*Que ella le había mordido en el muslo*»[^17]. A esto, solo la ocurrencia: la muchacha había tenido toda clase de ocurrencias perversas y también le había mordido. A la pregunta, en parte sugestiva, de si había oído alguna vez que a alguien lo hubieran mordido en el muslo, responde aludiendo a la fábula de la cigüeña.

«*Grito.*» Así lo hacía en los ataques fuertes. Entonces su madre venía enseguida desde la habitación de al lado para consolarlo y, en su caso, ponerle una inyección de morfina.

Creemos que la interpretación del sueño es bastante transparente, y esto nos dispensa de prolijas consideraciones sintéticas. Responde a un sentimiento de postergación con una cadena de pensamientos que le acarrea un ataque, pero le permite alcanzar su meta simbólica: *ir con su madre.* Con otras palabras, *se transforma de mujer (es mordido) en hombre.* Con ello ha de caer también su estigma poco viril, la criptorquidia, y ahora puede mostrarse desnudo. Es un hombre, no necesita inclinarse ante nadie, tampoco en la oficina, pero solo dando el rodeo por los dolores. *Y se asegura este sentimiento de superioridad masculina —exactamente como en la situación patógena infantil— mediante dolores*[^18].

<!-- S. 28 -->

No siempre se encuentra en otros sueños el paso del sentimiento de la feminidad sometida a la protesta masculina con tanta claridad como en este caso. En particular, la apariencia induce fácilmente *a suponer impulsos homosexuales primarios. El papel masculino del neurótico de uno u otro sexo, en la vida y en el sueño, se explica por la protesta masculina. Si se trata de rivales del mismo sexo, la victoria se simboliza a menudo mediante un acto sexual en el que el neurótico, en el sueño o en la fantasía, desempeña de algún modo un papel masculino.* — El problema del homosexual activo ha de entenderse, según mi experiencia, del mismo modo; solo que en él el instinto sexual se pone directamente (y no simbólicamente) al servicio del afán de dominio, de la protesta masculina. Pero también el homosexual llega a la inversión desde una fase de inseguridad sobre su papel sexual. — El homosexual pasivo, en cambio, arregla su caída en lo femenino para aguijonearse después, para hacerse valer mediante celos, conquistas o... chantajes[^19]. — Por otra parte, el problema fundamental, en la neurosis y en el sueño, el punto de partida del hermafroditismo psíquico seguido de protesta masculina, queda borroso porque por lo general se tiene que ver con fragmentos de esta dinámica psíquica, cuyos complementos hay que empezar por buscar.

El tratamiento se desarrolló bajo una buena estrella. Otras curas habían fracasado, pero entretanto había pasado mucho tiempo y la carrera del paciente estaba cada vez más amenazada. A esto se añadieron buenas perspectivas del paciente de ser trasladado a otra oficina, lo que sin duda alivió su sentimiento de menoscabo frente a aquel superior. El psicoanálisis concluyó con un éxito provisional que dura ya algunos meses. El antiguo paciente ejerce su actividad en una nueva oficina y vive separado de la madre. Sus amigos y conocidos expresan a menudo su asombro de que su antigua violencia, su precipitación y su carácter irascible hayan cambiado tan por completo, de que se haya vuelto más tranquilo y dócil y ya no sienta las relaciones en la oficina <!-- S. 29 --> como una coacción. Para nosotros esto tiene la importancia particular de *que su anterior actitud falsa ha experimentado una corrección* capaz de excluir no solo los ataques anteriores, sino también otras formas de la neurosis.

Los otros dos casos se referían a pacientes pasado el climaterio, empezaron violentamente en una situación de rebajamiento, pero estaban igualmente predispuestas desde la infancia. La inferioridad orgánica, el sentimiento de inferioridad y la protesta masculina se dieron en ambos casos de modo análogo al del primer historial clínico. Toda su vida había transcurrido bajo el deseo de «quiero ser un hombre», y la remisión a una inseguridad en el papel sexual en la infancia era fácil de ver. En conjunto, sin embargo, las conexiones eran más enrevesadas y los motivos de los ataques más frecuentes, porque se trataba de personas *femeninas* de *edad más avanzada.* La perspectiva de realizar alguna protesta masculina parecía escasa; a ninguna de las pacientes le resultaba fácil plegarse. Con todo, la cura logró una fuerte disminución de los ataques en número e intensidad, levantó de modo llamativo el ánimo vital, y espero con seguridad salir adelante en ambos casos.

Este es el material que puedo presentar por ahora como prueba del origen psicógeno de la neuralgia del trigémino, y recomiendo examinar cada caso según estos puntos de vista de la caracterología. No quiero negar que pueda presentarse ocasionalmente un caso cuya etiología resida en alteraciones anatomopatológicas. Pero su curso habría de ser distinto del de los casos que conocemos; en particular, no debería lograrse la resolución del ataque en un suceso psíquico. También la ausencia de los rasgos de carácter indicados pondría pronto en la pista correcta.

La segunda hipótesis que rivaliza con la teoría psicógena de las neurosis —*la base tóxica de las neurosis*— puedo despacharla con la misma indicación: la resolubilidad psíquica de los síntomas la contradice por completo. Allí donde se encuentran toxinas, de la clase que sean, en neurosis o psicosis, solo pueden actuar mediante la agudización del sentimiento de inferioridad procedente de la infancia[^20] y el consiguiente azuzamiento de la protesta masculina. Solo pueden, pues, despertar la neurosis en los predispuestos, haciendo surgir el sentimiento de rebajamiento, *del mismo modo que lo hace el accidente cuando da lugar a la neurosis traumática.*

<!-- Fin del artículo; sigue en la pág. 30 el artículo III, de Oskar Pfister («Zur Psychologie des hysterischen Madonnenkultus»), que no se traduce. -->

[^1]: Adler, *Studie über die Minderwertigkeit von Organen* [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. 1907. Urban & Schwarzenberg, Berlín.

[^2]: Adler, «Über neurotische Disposition» [Sobre la predisposición neurótica]. *Jahrbuch* Bleuler-Freud, 1909. Vol. I. Leipzig, Deuticke.

[^3]: Adler, «Zur Ätiologie, Diagnostik und Therapie der Nephrolithiasis» [Sobre la etiología, el diagnóstico y la terapia de la nefrolitiasis]. *Wien. klin. Wochenschr.*, año XX, n.º 49, y Adler, «Myelodysplasie oder Organminderwertigkeit?» [¿Mielodisplasia o inferioridad orgánica?]. *Wien. med. Wochenschr.*, 1909, n.º 45.

[^4]: El *Schmelzle* de Jean Paul [*Des Feldpredigers Schmelzle Reise nach Flätz*, 1809, relato humorístico sobre un capellán castrense cobarde y aprensivo] describe de manera excelente este miedo a la noche, presenta las «tendencias a la seguridad» de que se hablará más adelante y deja adivinar fácilmente la inferioridad del aparato urinario e intestinal.

[^5]: En todas estas inferioridades orgánicas pueden encontrarse, por una «*inferioridad cualificada*», rendimientos funcionales modificados o más finos, valiosos aumentos de las sensaciones o una sensibilidad acrecentada, sensaciones de cosquilleo en la esfera táctil, como técnica modificada del órgano inferior. El pie es una mano atrofiada, pero sus rendimientos superiores sobre la tierra son evidentes. — Las sensaciones de cosquilleo en la nariz, en la faringe y en las vías respiratorias, los estrechamientos en ellas, la provocación de secreción mediante una inspiración nasal forzada (querer oler) desempeñan un papel principal en el *asma nerviosa* y en el *estornudo espasmódico,* y probablemente también en el *asma del heno.* Una hermosa descripción de estados de irritación nasal nerviosa y del sentimiento de inferioridad que se enlaza con ellos la encontramos en la novela de Vischer *Auch Einer* [También uno]. El empleo secundario de este «defecto» como salvaguardia contra el matrimonio y contra el establecimiento de relaciones sociales y sexuales está descrito con tal exactitud que está justificado suponer que el ingenioso filósofo tomó estos procesos de la realidad.

[^6]: Véase Adler, «Über den Selbstmord insbesondere im kindlichen Alter» [Sobre el suicidio, en particular en la edad infantil]. *Wiener psychoanalytische Diskussionen*. Bergmann, Wiesbaden 1910.

[^7]: «Der psychische Hermaphroditismus» [El hermafroditismo psíquico], l. c.

[^8]: Adler, «Der psychische Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose. Zur Dynamik und Therapie der Neurosen» [El hermafroditismo psíquico en la vida y en la neurosis. Sobre la dinámica y la terapia de las neurosis]. *Fortschritte der Medizin*, Leipzig, Thieme 1910, cuad. 16.

[^9]: En este aspecto el neurótico se parece a aquel personaje de teatro: «¡Como yo empiece...! — ¡Pero no empiezo!» [en dialecto vienés en el original]. Teme su propio afán de acción. Véase también «Zur neurotischen Disposition» [Sobre la predisposición neurótica], l. c.

[^10]: En un caso de *asthma nervosum* en un hombre que ahora, gracias al psicoanálisis, está libre de ataques desde hace bastante tiempo, aparecían fantasías conscientes de embarazo en cuanto el paciente quería emprender algo. Estas fantasías de embarazo, unidas a sensaciones de opresión en el pecho, desembocaban en ideas de grandeza: se convertía en millonario, en el bienhechor, en el salvador del país, etc. *Y entretanto, una respiración apresurada como en una carrera.* El significado dinámico de la fantasía de embarazo era la alusión al soportar y sufrir de la mujer, un autorreproche y a la vez un acicate: «¡Eres una mujer! ¡Te está bien empleado si lo soportas!». A continuación, la protesta masculina. — Una construcción auxiliar reforzadora se servía de la fantasía de embarazo y del padecimiento asmático *a la manera de una penitencia anticipada.* Ahora podía ser un hombre y enfrentarse hostilmente a alguien.

[^11]: Véase la formulación en el «Instinto de agresión», l. c.

[^12]: Entre los psicólogos recientes, Julius Pikler, partiendo de puntos de vista muy distintos, ha llegado a resultados semejantes sobre la «*oposición en el pensamiento*».

[^13]: La experiencia de que la mujer pare con dolor actúa regularmente sobre los niños predispuestos en el sentido de reforzar el impulso a llegar a ser un hombre. En la neurosis se buscan dolores abundantes, arreglados y agravados como *memento*, para reforzar las tendencias a la seguridad contra el rebajamiento (= feminidad). Así pueden entenderse las fantasías y sueños de embarazo y de parto de neuróticos de ambos sexos como una advertencia, situada en el camino del aseguramiento, para evitar una derrota (*Niederlage*) (¿parto, *Niederkunft*?) [juego de palabras intraducible: *Niederlage*, «derrota», y *Niederkunft*, «parto», comparten la raíz *nieder-*, «abajo»]. Es como si el neurótico se pusiera una y otra vez ante los ojos estas primeras impresiones de inseguridad («ya estuviste una vez ante la posibilidad de una derrota, ante la posibilidad de convertirte en mujer»), para guardarse de nuevos rebajamientos, para aguijonearse y asegurarse el triunfo (masculino). *He afirmado que todo sueño (y probablemente también toda alucinación) contiene esta tendencia central a apartarse de la línea femenina hacia la masculina,* y también que la ambición del artista y su entrenamiento espiritual han de derivarse del hermafroditismo psíquico. Freud, en su estudio sobre Leonardo, ha esquivado, probablemente sin razón, el descubrimiento de esta dinámica. El recuerdo infantil allí mencionado se reconoce claramente como femenino.

[^14]: Cf. la teoría de Henschen sobre el origen reumático de la neuralgia del trigémino.

[^15]: Los casos de neuralgia del trigémino en la vejez, sobre todo en mujeres, son especialmente complicados, en particular por postergaciones reales y supuestas de las que tiene la culpa la edad. Que nuestra sociedad trata inhumanamente a la mujer que envejece es uno de los capítulos más tristes de nuestra cultura. En mis pacientes desencadenaban ataques la indiferencia, el miedo a la burla, a la preferencia por otras personas, el espejo, la elección del vestido (por si pudieran reírse de ellas) y los gastos que pudieran disminuir su influencia (*Ingerenz*) o empobrecerlas. Igualmente, las relaciones amorosas y el matrimonio de sus hijos, la idea de tener que compartir con otras mujeres el amor de un hijo.

[^16]: Obsérvese en este punto *la concordancia con la dinámica de la neurosis y la histeria traumáticas,* que también aparecen solo en los predispuestos.

[^17]: Este pasaje no le causará dificultades al analista experimentado. Tenemos que ver con un paciente *cuya enfermedad está hecha para hacerle temer el dolor.* Otras indagaciones del análisis revelaron su temprano conocimiento del dolor del parto. Y este dolor se le hizo sin duda plausible en la infancia con el giro: la cigüeña le ha mordido la pierna a la madre [según lo que se contaba a los niños en los países de lengua alemana, la cigüeña muerde a la madre en la pierna al traer al recién nacido, y por eso esta guarda cama]. «Que ella le había "mordido" en el muslo» significa aquí tanto como: *lo había degradado a mujer, lo había postergado con su relación con el hermano.* — Algo semejante en neuróticos: ser mordido por perros, por insectos.

[^18]: Es decir, con medios aparentemente «femeninos». Ya he señalado este mecanismo, que naturalmente puede inducir con facilidad a querer entender la neurosis en conjunto como «oferta femenina». Una consideración *de la dinámica neurótica* no deja surgir este error. *Las metas finales «femeninas», igual que las «masoquistas», son insostenibles y en la neurosis solo se adelantan como pretexto;* son medios «femeninos» para la protesta «masculina». En algunos casos *de impotencia psíquica* pude derivar la falta de capacidad de erección *de la actitud de obstinación y de masculinidad desmesurada* y llevarlos a la curación.

[^19]: Exactamente como el masoquista mencionado antes, que, cortejando mediante la sumisión el amor, es decir, en su sentido, el valer, quiere provocar la excitación sexual de la mujer. De aquí se ramifica una serie de perversiones, como el fetichismo de la felación, de la orina y del sudor, etc., en las que se trata, mediante una llamativa sobrestimación de la persona cortejada, *de excitar su pasión amorosa y vencerla así.*

[^20]: Despertar de un sentimiento de enfermedad y descubrimiento de insuficiencias.

[^t1]: *Gernegross*: el niño que quiere ser o parecer mayor de lo que es. (N. del T.)

[^t2]: *Unfallneurose und -hysterie*: neurosis e histeria consecutivas a un accidente (neurosis traumática). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del *Zentralblatt für Psychoanalyse* 1 (1910/11), H. 1/2 (octubre de 1910), págs. 10-29, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler recogió el texto en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie* (1920), cap. VII.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división del original, las notas del autor (numeradas aquí de forma continua) y las cursivas, que reproducen el espaciado; las adiciones del traductor van entre corchetes. *Weib* se traduce por «mujer»; *Herabsetzung* por «rebajamiento» y *Zurücksetzung* por «postergación»; *Sicherung* por «aseguramiento» o «salvaguardia» según el contexto. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
