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Title: Vida y destino de los lactantes
Description: Folletín de la Arbeiter-Zeitung de Viena firmado «Alladin» (errata por «Aladin», seudónimo atribuido a Adler con cierta reserva por R. Schiferer, 1995). Con estadísticas de natalidad y mortalidad infantil, sostiene que la altísima mortalidad de los lactantes proletarios procede de la miseria de masas que produce la economía capitalista, y señala a la socialdemocracia como la fuerza llamada a ponerle fin.
Author: Alfred Adler («Aladin»)
URL: https://adler.school/archivo/adler/1902-02-16%20Leben%20und%20Schicksal%20der%20S%C3%A4uglinge
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<!-- S. 1 -->

Folletín.

# Vida y destino de los lactantes.

Precisamente en estos días el cuerpo gigantesco de nuestra sociedad se retuerce de nuevo en los espasmos de la crisis. Se ha vuelto a atiborrar y lucha y se esfuerza por devolver lo que ha engullido. No es el tiempo en que los jugos frescos fluyen en todas direcciones y dan fuerza a todos los órganos. Es el tiempo en que la corriente de alimento disminuye, se estanca o incluso se da la vuelta y fluye río arriba. Es el tiempo en que el proletario, acostumbrado a la lucha y contento con su trabajo, teme por su sustento o se ve obligado a holgar. La miseria lo envuelve entonces bajo múltiples formas y lo obliga a aportar su último céntimo y a ayudar a poner fin a la dispepsia (trastorno digestivo) del mercado. Y aquellos a quienes tiene que mantener, su mujer y sus hijos, sus padres enfermos e incapaces de trabajar, el lactante, cuya crianza no puede interrumpirse, ¿cómo se las arreglan todos ellos en el duro tiempo de la miseria, cómo soportan la disminución del aporte de alimento?

De todos los mencionados, para quienes cualquier restricción de la alimentación se convierte en una cuestión de vida y de salud, el lactante es sin duda el que está en la situación más triste. Se parece de veras a una población que cae muda y sin resistencia en las amarguras de la miseria de masas o busca alivio en gritos insensatos que nadie entiende. Los mayores pronto se insensibilizan al ruido; lo demás lo hace un trapo sucio que se mete en la boca del hambriento para engañarle sobre el hambre o el dolor.

En los años en que al pueblo se le aprieta el cuello, en años de guerra, durante una epidemia, con malas cosechas, en las crisis económicas, se observa en general un descenso de la natalidad. Al mismo tiempo se produce en todas partes un aumento de la mortalidad de los lactantes. Economistas burgueses, e incluso todavía Lassalle, consideraban esta disminución de la descendencia lo bastante importante como para hacer subir de nuevo los salarios hundidos en tiempo de crisis. Pero esta concepción es, como nos ha mostrado Marx, errónea, y la importancia de esta disminución de la descendencia reside menos en sus consecuencias que en su propia esencia. Porque nos muestra cómo el empeoramiento de la situación material daña la vida y la felicidad de cada individuo y cómo lleva la muerte y la ruina a los más pequeños y desvalidos. Con el retoño muere una esperanza de los padres, y una parte de los bienes que con tanto esfuerzo adquirieron se reduce a nada. Pero mucho peor es que esta muerte de los más pequeños no sea un tranquilo dormirse, sino el final de un tormento a menudo prolongado y de dolores espantosos. Si estos pequeños tuvieran entendimiento y habla suficientes, el mundo de hoy no resistiría sus acusaciones conmovedoras. Pero así sus gritos se apagan, la muerte redentora ahoga sus dolores, un rato más y quedan olvidados.

Solo la estadística toma nota de ellos. Por ella sabemos que el número de nacimientos en Europa disminuye moderadamente. Actualmente corresponden cada año unos 33 nacimientos por cada 1000 personas. Rusia, Hungría, Austria y Alemania producen más; Inglaterra, Suecia, Suiza y, sobre todo, Francia, menos. Muchas veces se ha querido presentar este descenso de la natalidad como una especie de cultura; más aún, uno de los mayores maestros de la burguesía, Malthus, intentó dar sentido a este sinsentido para contener «la tendencia de la población a multiplicarse por encima de la medida de los medios de subsistencia disponibles». La crítica socialista demostró que la doctrina de esta supuesta desproporción carece por completo de fundamento, y si hoy algunos sabios y políticos todavía parlotean sobre los peligros de un aumento de la población, peligros que, aun con relaciones de producción invariables, solo podrían hacerse sentir dentro de miles de años, ello no es más que una prueba de lo barato que se cree todavía poder engañar al pueblo. Por otro lado, sobre todo desde el campo de los nacionalistas y de los amigos del ejército, se alzan voces a las que no agrada el descenso de la natalidad. Pero todos los intentos de estimular la fundación de familias más numerosas mediante el impuesto de solteros, ventajas fiscales para la descendencia numerosa o la exención del servicio militar de los padres sujetos a él han fracasado, de modo que parece justificado suponer que el número de nacimientos, con sus oscilaciones, está confinado en todas partes dentro de límites bastante estrechos, fijados por nuestras instituciones sociales. Dentro de estos límites, los efectos más fuertes los tienen sin duda la dificultad de ganarse la vida y la creciente conciencia de esa dificultad.

En esta dirección, pues, hay poca honra y gloria que ganar para soñadores y reformadores. Otra cosa es la lucha contra la mortalidad de los lactantes. No es que se haya ido mucho más allá de las grandes palabras, pero aquí causas y efectos están más a la vista y son más fáciles de influir; las reformas necesarias están en el camino luminoso que la humanidad recorre de buen o mal grado, en el camino que lleva a la eliminación del capital privado. Hoy, por cierto, y hasta donde se remontan las cifras, la mortalidad de los lactantes constituye el capítulo más sombrío de la estadística. Pues a finales del siglo pasado[^1] morían en Europa, de cada 1000 nacidos vivos, más de 186 dentro del primer año de vida, frente a 191 a mediados del siglo XIX. Rusia, Alemania y Austria se elevan con su mortalidad de lactantes muy por encima de esta cifra media, mientras que Francia, Inglaterra, Suiza y, sobre todo, Suecia y Noruega permanecen por debajo. La mortalidad de los lactantes es, ni más ni menos, un termómetro del nivel de vida de un pueblo y de la eficacia, o mejor dicho de la insuficiencia, de las reformas sociales. Al menos hasta hoy no se ha conseguido, pese a todos los progresos de la ciencia, de la técnica, de las comunicaciones, de la asistencia estatal, pese a la higiene y la medicina, pese a todos los métodos perfeccionados, reducir la mortalidad de manera apreciable. Solo un minúsculo rayo de luz se mostró en la oscuridad de este cuadro de horror: la disminución de la mortalidad que siguió a las leyes de protección obrera. Que esta mejora fuera escasa y siga siéndolo prueba la insuficiencia de esas leyes; pero que sea la única en el largo curso de los años, que se produjera tan rápidamente, es una página gloriosa en la historia de la socialdemocracia combatiente, que con su apremio impetuoso arrancó a sus adversarios esa pizca de protección obrera.

Pero la matanza de los lactantes en el proletariado continúa. En todas partes aparece la misma cifra gigantesca de mortalidad de lactantes, que crece todavía enormemente en los distritos donde vive el pueblo bajo, donde se encuentran los impuestos más bajos, el menor número de criados, las viviendas peores y más baratas. Mientras que en las familias principescas y condales morían antes de cumplir cinco años 57 de cada mil niños, esa suerte alcanzaba a 357 de cada mil hijos de proletarios berlineses de la misma edad. De una tabla de Erfurt tomamos que de cada 100 niños morían en el primer <!-- S. 2 --> año de vida 35,2 ilegítimos, 30,5 hijos de proletarios, 17,3 de la clase media y 8,9 de las clases altas. La mortalidad de los lactantes por enfermedades de la nutrición es en la clase media y obrera dos o tres veces más alta, y en la descendencia de madres solas siete veces y media más alta que en las clases altas.

Cualquier forma de nivel de vida bajo se refleja en la mortalidad de los lactantes. Donde la madre tiene que ganarse el sustento, a su hijo le amenaza una muerte temprana. Un cálculo de los primeros decenios del siglo pasado muestra que la mitad de los hijos de comerciantes, fabricantes y directores de máquinas llegaban a los 29 años, mientras que los hijos de obreros de la industria textil, que tiene un porcentaje especialmente alto de obreras, ya habían muerto antes de cumplir dos años. La misma desolación se observa entre los hijos de las jornaleras del campo. La industria de las amas de cría, explotada de forma capitalista, provoca una gran mortandad de lactantes en las comarcas de donde proceden las nodrizas. Donde el nivel de vida hundido conduce a una instrucción deficiente y a la incomprensión, donde la superstición y las malas costumbres anidan en el cuidado de los lactantes, donde el consejo de una herbolaria o de una curandera se estima más que la ayuda de un médico competente, allí podemos estar seguros de encontrar cifras de mortalidad elevadas. Y la mayor densidad de habitación resulta ser completamente idéntica a una mortalidad mayor. En Leipzig, por ejemplo, de cada 1000 nacidos vivos morían 101,1 niños donde corresponde como máximo un habitante por habitación con calefacción, en cambio 330,6 niños donde son como máximo tres, y 418,9 niños donde más de tres personas habitan una habitación con calefacción. En Viena, donde cada año vienen al mundo unos 52.000 niños, es decir, 32 por cada 1000 habitantes, de los cuales mueren cada año unos 10.000 dentro del primer año de vida, encontramos la mortalidad infantil más baja, de 141 a 232 por mil, en los distritos I, VII y IX, junto con una ocupación de 0,83 a 1,32 personas por habitación; la más alta, de 406 a 429 por mil, en los distritos X, XI y XVI, junto con una ocupación de 1,94 a 2,10 personas.

Menos claramente aparece la verdadera causa de la enorme mortalidad de los lactantes, la enorme miseria de masas, cuando se agrupan las cifras según otros puntos de vista. Hay, en efecto, numerosos estudios según los cuales en los meses de junio, julio, agosto y septiembre mueren muchos más niños que en los demás meses. No se trata aquí de negar el empeoramiento de los alimentos que produce el calor ni la influencia nociva del calor excesivo. Pero que esta influencia afecte sobre todo a los niños alimentados artificialmente, que también la mortalidad estival abata a aquella descendencia que ha ido sobreviviendo en un suelo pobre, casi siempre con cuidados insuficientes, muestra de nuevo la mano asesina de las fuerzas económicas.

Algo parecido ocurre con la diferencia de mortalidad entre los lactantes alimentados de forma natural y artificial en general. El pecho materno es tan superior a cualquier otro modo de alimentación que merece la preferencia en todas las circunstancias. Sin duda es más fácil criar a un niño débil con leche materna que con el mejor de sus sucedáneos, la leche de vaca convenientemente diluida. Lástima que precisamente allí donde los vástagos más débiles de padres desnutridos ven la luz del mundo, esa luz casi siempre les llegue escasa, desde patios sombríos y oscuros patios de luces, a través de ventanas bajas; que el aire de su vivienda esté a menudo apestado, que el cuidado y la atención dejen todo que desear, y que también falle el pecho de la madre agotada por el trabajo. Si entonces esos lactantes han de criarse con la leche de vaca barata que quizá lanza al mercado cualquier productor especulador, nos resulta del todo claro por qué la alimentación artificial va unida a una mortalidad tan alta. En efecto, mueren casi cuatro veces más niños criados con leche de vaca que niños criados al pecho. En Viena esta proporción ha mejorado algo: es de 5 a 2.

Estamos al final de esta triste consideración, ante la cual es deber de cada uno abrir los ojos y exigir remedio. Con la mayor claridad, como no siempre ocurre en otros casos, queda aquí al descubierto la raíz del mal: la miseria de masas que condiciona el modo de producción capitalista privado. Y de las cifras gigantescas de la mortalidad de los lactantes se eleva, gigantesca e irresistible, la acusación: la economía capitalista privada es la fosa común de los lactantes. La ciencia, médicos y estadísticos imparciales, confirman esta frase. Pero ejecutar la sentencia es tarea de los más duramente afectados, es cosa de los desposeídos y de su perspicaz vanguardia, la socialdemocracia.

*Alladin.*[^t1][^a]

[^1]: Las cifras están tomadas en su mayoría de Biedert, *Kinderernährung* [La alimentación infantil].

[^t1]: Así, por errata, en el original; el seudónimo habitual es «Aladin». (N. del T.)

[^a]: Sobre la atribución: «Aladin» es un seudónimo, y ninguna de estas piezas lleva el nombre de Adler. La atribución la propuso Reinhard Schiferer (1995) y la han aceptado las ediciones de referencia: el tomo 7 de la *Alfred Adler Studienausgabe* recoge «Das empfohlene Treiberlein» (1897) como su texto más temprano conocido, junto con «Eine Lehrkanzel für soziale Medizin» (*Ärztliche Standeszeitung*, 1902, también firmado «Aladin»), que figura asimismo en las *Collected Clinical Works*. Habla también a favor la afinidad de los temas con lo que Adler firmaba con su nombre en esos años: medicina social, alimentación obrera, mortalidad infantil y crítica de la medicina de beneficencia. No conocemos, en cambio, ninguna prueba documental (una carta, un registro de colaboradores de la redacción) que la confirme; por eso se acepta aquí con reserva.

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de página de ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, aze/19020216/1-2): *Arbeiter-Zeitung* (Viena), edición de la mañana, n.º 46, 16 de febrero de 1902, págs. 1-2, sección de folletín. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las cifras sin convertir (con coma decimal en lugar del punto alto del original), las cursivas y la nota del autor. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
