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Title: El viejo ojeador recomendado
Description: Folletín satírico publicado en 1897 en la Arbeiter-Zeitung con el seudónimo «Aladin», atribuido a Adler con cierta reserva (R. Schiferer, 1995): un pequeño hospital benéfico, la «Charité», adorna su fachada con bustos de los donantes ricos, y sus médicos se disputan el favor de un conde al que intentan agradecérselo operando a un viejo criado suyo que no lo necesita.
Author: Alfred Adler («Aladin»)
URL: https://adler.school/archivo/adler/1897-08-19%20Das%20empfohlene%20Treiberlein
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<!-- S. 4 -->

Folletín.

# El viejo ojeador recomendado.[^t1]

¿Quién hubiera podido sospechar que la sencilla casa de la callejuela apartada iba a convertirse tan deprisa en una curiosidad digna de verse? Ya no llegaba a la ciudad un forastero a quien no se le recomendara como provechosa la visita del pequeño establecimiento hospitalario.

Hace años, desde luego, nadie se acordaba de la Charité. Era entonces un hospital poco frecuentado, del que uno solo se acordaba cuando quería que le sacaran una muela. O iban allí los niños pequeños cuando tenían estreñimiento u ojos enrojecidos. Y ahora todo había cambiado. Sí, el nuevo director sabía cómo había que tomar las cosas. Ante todo exigió la restauración del edificio. Para ello no había dinero. Mucho tiempo se devanó los sesos el director Schliefmann; por fin había encontrado el medio adecuado. En una solemne asamblea general estaban sentados los jefes de las secciones del hospital y se hacían exponer la idea del señor director. El orador habló de solicitudes a conocidos benefactores del mundo burgués y aristocrático. «Bueno, se puede probar», pensaron los colegas. Luego habló del aspecto pobre y modesto del hospital. «¿Adónde quiere ir a parar?», se susurraban. Pero ahora venía lo bueno. En agradecimiento, se colocarían en la fachada del edificio bustos de los nobles donantes, de factura artística. Se escuchaba con tensión. «Con ello», prosiguió el orador, «se emprende una mejora en más de un sentido. Nuestra casa gana en belleza, el atractivo ligero y nuevo influye sobre los benefactores de la ciudad y del campo, y nuestras relaciones con la clientela rica mejoran». Aplauso unánime, aplicado con dignidad, y la idea se convierte en acuerdo.

La primera serie de cartas no tuvo éxito. Llegó, sí, un envío de 500 marcos, pero de un benefactor «que deseaba permanecer anónimo». «Con tal de que tengamos arriba el primer busto», dijo el nuevo director, y miró pensativo a lo lejos. Los colegas perdían visiblemente el respeto; los buenos amigos sonreían burlones sin disimulo.

Por suerte se acordó del vanidoso conde T. A él se confió el director. T. accedió en interés de la buena causa. «Como le digo, considere mi conformidad como un sacrificio, solo como un sacrificio», le gritó al que se alejaba corriendo de alegría. Ahora se trabajó con empeño, y al cabo de unas semanas estaba el primer busto encima de una ventana de la planta baja. El busto del conde T. era de un parecido estremecedor. Los periódicos hablaron del conocido benefactor conde T. y elogiaron al artista, que se había ofrecido a hacer gratis el primer busto.

Entonces, de repente, llegaron donativos. Con cada nuevo donativo el director subía en la estima de sus colegas. Ahora se pasaba el día ocupado en transmitir a los benefactores el agradecimiento de la Charité. Nadie quería haber oído hablar de los bustos; solo ante los ruegos insistentes del apreciado primario[^t2] y director se cedía y se prometía no estorbar el encantador plan.

Pronto todos los rinconcitos y lugarcitos posibles de la planta baja estuvieron ocupados por los pequeños bustos de contemporáneos benéficos. El señor director dirigió sus miradas al primer piso y a sus ventanas. Otros dos bustos estaban ya a punto de terminarse, el del conde Dirmir y el del banquero Deinesmeines.[^t3] Uno de los próximos días adornarían las dos primeras ventanas del primer piso.

«Oigo», se dirigió Süßwasser, primario de la sección de nariz, al director, «que próximamente el conde Dirmir va a tener su sitio al lado del advenedizo Deinesmeines. No puedo consentirlo. Con ocasión del tratamiento de su cochero particular conocí el año pasado al cultísimo señor conde, que me permitió asomarme un poco a sus opiniones. Como le digo, podríamos tener disgustos. Además, el conde Dirmir tiene el oído del Gobierno». «¿Así? ¿Usted cree? ¡Pues eso hay que arreglarlo enseguida!». Y el señor director se fue a casa cavilando.

Al día siguiente se presentó pronto de nuevo el diligente Süßwasser. «Y bien, señor colega, ¿qué hay que hacer?». «Pues muy sencillo, querido Süßwasser: Deinesmeines se queda en su sitio, y el conde Dirmir, puesto que tiene el oído del Gobierno, recibe el lugar de honor encima del portal». Triunfante sonrió el director y se fue a pasar consulta a su sección. Un tanto lastimero lo siguió con la mirada el colega Süßwasser. Así llegó el conde Dirmir a su posición especial.

Ahora bien, el conde poseía, además del oído del Gobierno, una porción de mundología. Y como él mismo rebosaba salud y además no era amigo de los doctores, buscó entre su servidumbre a quién podría mandar a la Charité para que lo trataran. Había, pues, en la finca del conde un viejo ojeador al que hacía mucho tiempo le habían metido una carga de perdigones en el ojo izquierdo. Con los años se había vuelto encorvado y achacoso, y le gustaba quejarse de toda clase de molestias. Así, lo atormentaba la nariz, el bocio que llevaba ya dos generaciones, y cuando contaba sus penas a las viejas de la finca nunca se olvidaba de revolver ferozmente su ojo ciego, lo que aumentaba siempre considerablemente la compasión por el pobre José. A este hombre decidió el conde mandarlo a la Charité como prenda de su amistad, y José, pese a sus sesenta años, se puso en camino para aliviar quizá sus males con una pequeña operación.

Con gran satisfacción recibió Schliefmann la carta del conde. Después de recorrer primero su contenido, leyó a los médicos subalternos y a los pacientes que esperaban el escrito «de nuestro muy honorable protector». El conde escribía: «¡Apreciado señor primario! El portador de la presente perdió hace veinte años, por disposición del destino, el ojo izquierdo. Tengo en su arte una confianza tan ilimitada que espero que usted logre librar a este hombre de sus molestias, por lo demás pequeñas. Me obligaría usted a una gratitud especial si, a causa de su afección de la nariz y del bocio, igualmente insignificante, presentara a este hombre a los jefes de sus secciones de nariz y de bocio, que conozco perfectamente. Con mi más distinguida consideración, Dirmir».

«Un caso difícil, señores», dijo Schliefmann tras un examen cuidadoso. «Ya conocen ustedes mi principio de no operar en <!-- S. 5 --> tales casos. Pero aquí a uno le pican de verdad los dedos; aquí sí esperaría lo mejor de una operación. El hombre está todavía muy fuerte para su edad» —todos miraron, al oír estas palabras, al achacoso ojeador, que se sentía muy apurado—; «por lo demás, esperemos todavía el juicio de los demás señores colegas». Y la carta del conde, junto con el paciente, pasó a Süßwasser, el primario de la sección de nariz, y luego al cirujano.

La cosa era muy sencilla. También los otros dos médicos se sintieron muy honrados por la confianza del apreciadísimo protector. También ellos preferían no tocar tales casos, pero estaban dispuestos con gusto, por complacer al protector de la Charité, a curar de sus males con una operación más radical al calurosamente recomendado ojeador. El cirujano quería empezar hoy mismo.

Pero el ojeador no quería. Medicina, sí, toda la que hiciera falta, pero al cuchillo le tenía un poquito de respeto. Todas las exhortaciones fueron inútiles, y al fin se vieron obligados a despedir al hombre con un escrito para el muy venerado protector. En esa carta decía que el ojeador era un individuo de lo más asustadizo ante el bisturí y que no quería someterse, y que se lamentaba sobremanera no poder mostrarse agradecidos con el protector de la Charité. Con la expresión de la más profunda reverencia terminaba la carta.

El conde tomó conocimiento de esta declaración escrita con una callada sonrisa. Luego se dirigió amablemente a su viejo ojeador: que qué tal le había parecido el hospital y si no le había llamado la atención nada en especial. «Pues sí», empezó a contar José, «el hospital es un edificio grande y hermoso, adornado de arriba abajo con un diablo de cabezas. Y encima de la puerta había visto al mismísimo señor conde, más hermoso y más grande que todos los demás. Arriba del todo se leía en letras doradas la palabra Charité; pero lo que eso significaba no lo sabía».

Entonces el conde le dio a su criado una palmada compasiva en el hombro y le explicó que la Charité era la gran benefactora de la ciudad, y que allí esperaba a los pobres enfermos el puro amor a los hombres.

*Aladin.*[^a]

[^t1]: *Treiberlein*: diminutivo afectuoso de *Treiber*, el ojeador o batidor que levanta la caza en las cacerías; aquí, un viejo criado de la finca del conde. (N. del T.)

[^t2]: *Primarius*, *Primar*: en Austria, el médico jefe de una sección hospitalaria (médico primario). (N. del T.)

[^t3]: Nombres parlantes: *Dirmir* («a ti, a mí»), *Deinesmeines* («lo tuyo es mío»), *Süßwasser* («agua dulce»); *Schliefmann* evoca *schliefen*, «deslizarse, colarse». Se dejan sin traducir. (N. del T.)

[^a]: Sobre la atribución: «Aladin» es un seudónimo, y ninguna de estas piezas lleva el nombre de Adler. La atribución la propuso Reinhard Schiferer (1995) y la han aceptado las ediciones de referencia: el tomo 7 de la *Alfred Adler Studienausgabe* recoge «Das empfohlene Treiberlein» (1897) como su texto más temprano conocido, junto con «Eine Lehrkanzel für soziale Medizin» (*Ärztliche Standeszeitung*, 1902, también firmado «Aladin»), que figura asimismo en las *Collected Clinical Works*. Habla también a favor la afinidad de los temas con lo que Adler firmaba con su nombre en esos años: medicina social, alimentación obrera, mortalidad infantil y crítica de la medicina de beneficencia. No conocemos, en cambio, ninguna prueba documental (una carta, un registro de colaboradores de la redacción) que la confirme; por eso se acepta aquí con reserva.

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la *Arbeiter-Zeitung* (Viena), edición de la mañana, año 9, n.º 228 (19 de agosto de 1897), folletín de las págs. 4-5, digitalizada en ANNO (Österreichische Nationalbibliothek) y cotejada con las imágenes de las páginas. Firmado con el seudónimo «Aladin»; la atribución a Adler, propuesta por Reinhard Schiferer (1995), se acepta con cierta reserva. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, los nombres propios y la alternancia entre estilo directo e indirecto del original; la errata «Protektoé» del impreso se traduce sin más como «protector». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
